II curso internacional por la libertad de expresión

La noticia y la vida

Conversaciones sobre periodismo

Chiclana, 13-16 de septiembre de 2010

La Noticia y el Espectáculo

Albert Boadella y Alfonso Armada

[Arcadi Espada]

Tengo el honor de presentarles al número uno, al number one en mi clasificación particular. Y lo hago además con placer, porque Boadella no solamente es un genio, uno de los grandes artistas españoles. Algunos hemos tenido la fortuna de coincidir con él en nuestra vida y nuestra generación, y la fortuna además de asistir a todo el desarrollo, el planteamiento y el nudo de su obra. Además, es un hombre que ha sido capaz de construirse una vida como una obra de arte. Fruto de ello está hoy aquí y yo se lo agradezco profundamente.

A mi derecha tengo a Alfonso Armada que es eso que se entiende, y que se entendía y que se debe seguir entendiendo para siempre, como un escritor de periódicos. Es decir, un hombre que todavía considera que el periodismo escrito se escribe. Sorprendente, pero es así. Es un escritor de cuerpo entero. Ya saben que he planteado estas jornadas como una especie de duelo fraterno entre un civil y un militar, civil en este caso es Albert, dedicado al teatro, y el militar es Alfonso Armada, dedicado al periodismo sobre el espectáculo.

Pero además, en este caso, hay una perversión añadida, y es que Alfonso Armada tiene una suerte hermafroditismo profesional: no solamente es un gran escritor de periódicos, sino que también ha pecado en sus frecuentes incursiones, ya desde muy joven, en el teatro. Espero que seamos capaces de construir un diálogo que les interese. Tiene la palabra mi querido Alfonso.

[Alfonso Armada]

La verdad es que, por algunas risas, entendí que ibas a hacer alusión a otra supuesta relación no real con un familiar que se llama como yo, y que tuvo un cierto papel en la historia de España reciente. Para satisfacer la insana curiosidad diré que no tenemos nada que ver, aunque los dos seamos gallegos. Él es de Galicia del norte portuguesa, o sea que no tenemos nada que ver, s una pura coincidencia. Pero tiene su parte de morbo y me gustaría algún día completar ese morbo entrevistando al general Alfonso Armada.

Dicho esto, ya le confesé a Arcadi, que con su ironía habitual me dijo: «Yo te mandé un mensaje hace tiempo y a veces los periodistas no leéis las cosas», voy a empezar haciendo un acto de mea culpa diciendo que me había olvidado exactamente cuál era mi cometido, que era hablar del Espectáculo y la Noticia, y yo me documenté a fondo para intentar poner en un brete a un artista del teatro y de la vida como bien ha definido Arcadi, que es Albert Boadella.

Y para eso me he traído las obras de Boadella. Para empezar a conocer a Boadella aparte de sus obras escénicas, creo que su Adiós Cataluña es un perfecto resumen de su vida de amor y guerra. Cuando Arcadi dice que vengo aquí a hacer la parte militar y Albert la parte civil, es muy graciosa esa referencia, porque su propio libro Adiós Cataluña está escrito y concebido como un diálogo permanente entre el amor y la guerra, entre sus relaciones de amor y odio con Cataluña, consigo mismo, y con otras fuentes.

Empieza con algo que define muy bien a la figura de Boadella, que es haciendo referencia a comentarios afectuosos de algunos de sus más fervientes odiadores. Alguien que es capaz de empezar un libro sobre sí mismo trayendo a colación las críticas más feroces que se han hecho sobre él demuestra un carácter específico, una capacidad de reírse de esos enemigos o de tomarlos en la debida consideración. La primera cita no tiene desperdicio: «Si tuviera que escoger entre salvar la vida de un animal o de un ser humano, empezaría por el segundo, únicamente tendría dudas en alterar el orden prioritario si el ser humano fuera Boadella». Esto lo escribió Remigi Casas en El Periódico de Catalunya.

Hay también otro comentario, que también tiene que ver con el mundo del espectáculo y el mundo de la crueldad. Tuve que leerlo dos veces porque no daba crédito a que una cosa así se haya publicado en un periódico, en concreto el diario Avui, un periódico catalán y catalanista financiado por el gobierno catalán. El comentario, firmado por Oriol Malló, dice: «Son la nueva falange. Fusilaron tantos como pudieron, enviaron miles al exilio y condenaron al silencio a la gran mayoría. Pues nosotros también queremos exterminarlos, qué carajo. Divirtámonos hasta morir, que la guerra a cara descubierta quizá ya ha comenzado». Esto, aparte de definir el coraje moral de Boadella al permitir que estas infamias en papel vuelvan a tener otra vida en un libro, dice también el grado de obscenidad y espectacularidad en algunos medios.

Creo que los medios, en general —voy a cometer el pecado de generalizar, que es uno de los grandes vicios de los medios— en gran medida se han convertido en máquinas de fabricar acontecimientos y entretenimiento. Y no solo por la circunstancia de que muchos medios de comunicación estén integrados en corporaciones que se dedican entre otras cosas a difundir noticias y al mismo tiempo películas, documentales y que fabrican sobre todo entretenimiento. Creo que es una dinámica perversa la que ha hecho esos conglomerados, fundamentados en la necesidad de mantener una audiencia y unos beneficios. Ellos mismos se autoconvencen: están obligados a fabricar más entretenimiento para fabricar más audiencias para permitirles mantenerse en el candelero. Y en esa dinámica de fabricar un espectáculo permanente que mantenga entretenidas a las audiencias, estamos pervirtiendo uno de las grandes necesidades históricas del oficio que era tratar de explicar las cosas con la mayor claridad, la mayor enjundia y la mayor precisión.

Cuando introducimos el término espectacularidad o el término espectáculo en la noticia, estamos pervirtiendo la función fundamental. Y estamos pervirtiendo algo bastante peligroso, que es el hecho dramático, teatral, y el hecho de la ficción, que es el fundamento de grandes espectáculos. Cuando introducimos elementos que forman parte del arte, o de la novela o del cine, estamos borrando las lindes de lo que es una ficción y no lo es. El espectáculo tiene sus propias reglas, muy determinadas; Albert podrá precisar qué tipo de técnicas son necesarias para que un espectáculo funcione. Cuando se introducen estos elementos en el relato periodístico estamos pervirtiendo la propia organicidad, el propio sentido de la noticia.

Cuando uno asiste a un telediario contemporáneo, y se sienta durante media ante un supuesto relato del mundo, con pequeñas píldoras, uno ve fogonazos de supuesta realidad con una coherencia bastante imposible y uno tiene la sensación de que está asistiendo a fragmentos de un espectáculo con un guión bastante poco claro y poco difuso. Los responsables de los telediarios y de la televisión, que siguen siendo, a pesar de la irrupción de internet, la forma fundamental en que los españoles y buena parte del mundo occidental supuestamente se informa, siguen haciendo hincapié en la necesidad de que haya imágenes que cuenten, que sean lo más espectaculares posible. Eso pasa el filtro del redactor jefe, del editor que decide si algo va o no va, porque permite atrapar la atención del espectador por esos fragmentos de realidad. Al final acaba el telediario y uno no termina de saber muy bien qué es lo que está ocurriendo.

Yo recuerdo, antes de que saliera El País, que fue donde empecé a trabajar, una campaña publicitaria muy interesante que decía: «Las noticias internacionales no se entienden». Y durante una buena temporada los editores de El País se esforzaron precisamente en tratar de que las noticias internacionales tuvieran un antes, un después, un contexto. Que uno, leyendo las informaciones, entendiera un poco de qué va la vaina del mundo. Creo que, en la deriva en la que estamos buena parte de los medios en esa necesidad de atrapar más lectores y audiencias, y jugando con las reglas del espectáculo, estamos pervirtiendo y haciendo una flaca labor a la necesidad de hacer que los lectores sepan en qué mundo están.

Otro problema es si en realidad los lectores están interesados en saber en qué mundo están, y en saber por qué ocurren las cosas, que esa es otra discusión.

[Albert Boadella]

Cuando estaba escuchando a Alfonso pensaba que los medios nos hacen competencia desleal, es decir, hacen una competencia al mundo del espectáculo. La verdad es que las consecuencias de mi vida, las positivas y las negativas, tienen que ver muchísimo con el mundo de los medios. Toda una parte muy importante de mi vida: los últimos 50 años han ido ligados estrechamente con una relación constante con los medios y sobre todo en relación con la imagen que estos medios han dado y al aprovechamiento que uno ha tenido de los propios medios.

La primera vez que aparecí en un medio, —lo recuerdo muy bien, hace muchísimos años en París, tenía 12 o 13 años—, fue en un periódico porque había ganado un premio de redacción sobre los jardines de Vert-Galant, en la Isla de la Cité de París, un pequeño jardín que había bajo la estatua de Enrique IV, lugar en el que no había estado nunca, pero que lo veía. Es una de las cosas que suele suceder: vi por primera vez en letra impresa mi nombre en un periódico, y me causó una emoción enorme. Llevaba siempre ese trozo de periódico encima porque para mí era algo que rayaba el placer erótico.

No me imaginaba que años más tarde serían miles y miles de fragmentos de periódicos, de entrevistas. La última vez que le pedí a la oficina de la compañía [Els Joglars] la cantidad de referencias escritas, me parece que hablaban de 25.000. Una auténtica barbaridad, sin contar las radios y las televisiones. Por tanto, he tenido una relación enormemente estrecha y muchas veces determinante con los medios que han sido, en muchas ocasiones, no dentro del teatro pero sí fuera, los intermediarios entre la sociedad y yo. Y han dado la imagen que muchas veces se ha correspondido a unos hechos, y otras veces ha sido una imagen que nada ha tenido que ver conmigo.

Yo he hecho, como es lógico, un arte que es pura ficción: el teatro. Pero yo he hecho un teatro que muchas veces ha tenido como base la realidad. Es más, en general me ha gustado especialmente que la inspiración siempre tuviera algo que ver con la realidad. No sobre la personalidad humana, que eso es lo lógico y lo propio del arte teatral, sino sobre los acontecimientos, y muchas veces incluso sobre las personas y las instituciones. Por lo tanto este interés por parte de los medios ha sido mucho mayor que en otras formas de teatro, porque al retratar determinados personajes públicos o situaciones conocidas por todo el mundo y contemporáneas, ha causado unas realidades.

Algunas de ellas son bastante conocidas, como el hecho de que La Torna, una obra sobre una ejecución que hubo en Tarragona en el año 74 de un súbdito alemán,  acabó en un encarcelamiento. Se me aplicó la Ley de Jurisdicciones y fui encarcelado, y posteriormente me fugué y se presentaron algunos miembros de la compañía al consejo de guerra y también fueron encarcelados y significó el exilio. Se desencadenó una cantidad ingente de artículos, estudios sobre el tema, etc. Puedo decir que mi teatro ha causado en determinados momentos una realidad social y por tanto esta relación con los medios ha sido enormemente estrecha.

Ha ocurrido una cosa muy curiosa, y es que mi obra ha despertado el interés del periodismo que podríamos llamar de la noticia, del suceso diario, y en cambio ha despertado menos interés de lo que sería el periodismo especializado, en este caso la crítica. Y eso también es un hecho curioso y relevante, puesto que mi teatro no ha tenido una base literaria. Es un teatro en el cual se habla y se llenan muchísimos folios, pero la base no es una obra literaria sobre la que construimos la obra, sino que la obra se construye a través de los ensayos, y la literatura está utilizada de una forma casi funcional, porque los personajes también hablan, pero nunca por un gusto especial para conseguir que el juego de las palabras tenga de por sí una belleza especial, sino porque creo que la funcionalidad es la mayor belleza. Esto es muy curioso porque desencadena unas diferencias importantes. Hemos sido muy citados por el mundo de este periodismo de la noticia diaria, insisto, y mucho menos por el especialista profesional.

Lo que sucede es que hay un momento en que la posición ideológica, política y cívica de la propia compañía crea en el conjunto de los medios una división importante. Hay unos medios que ya de por sí, porque están adscritos a una ideología, son favorables, y otros que son desfavorables. Eso sobre todo sucede a partir de los años 90. Antes, en general, podíamos ir a todas partes. Estábamos más o menos considerados por todos los medios. A partir de los años 90, si uno es entrevistado por La Razón o ABC, ya difícilmente consigue una entrevista en la Ser o El País. Poco a poco se va dividiendo, y por tanto hay una beligerancia por parte de un sector de estos medios, no ya solamente en relación con el teatro, sino incluso con mi propia persona. Eso está aumentado de una forma muy relevante en Cataluña.

En Cataluña, la influencia de estos medios sobre mi trabajo y sobre mi persona ha sido, sobre todo en los últimos años, decisiva. Tan decisiva que prácticamente me ha hecho cambiar la vida. Ha conseguido hacer de mi persona una imagen non grata. Ya alguna vez nos habían declarado personas non gratas, como antes me recordaba un periodista en una entrevista: «Me parece que sois personas non gratas en algún pueblo de Cataluña». Concretamente en Calafell, y eso dio mucho de sí, hace muchos años. Yo no recuerdo por qué fuimos la compañía y yo personas non gratas pero después, cuando un día decidieron que era ridículo tenernos como personas non gratas, escribimos una carta al Ayuntamiento diciendo que por favor no nos lo quitaran, que estábamos muy orgullosos y que seguiríamos siendo non gratos. Y nos hicieron caso, y creo seguimos siendo personas non gratas.

Pero, bromas aparte, en realidad, a partir de determinadas actitudes cívicas hace algunos años, en la que alguna ha tenido que ver mi buen amigo Arcadi como es la creación de la plataforma Ciutadans, automáticamente los medios catalanes la emprenden directamente conmigo de tal forma que prácticamente no puedo pasearme demasiado tranquilo por el territorio catalán sin que a los diez minutos alguien me haya llamado fascista. Y eso es influencia de los medios, sin duda alguna. Los medios han sido capaces de conseguir un autoexilio hacia otra parte donde me sienta más feliz y donde las propias obras tengan una audiencia por lo menos más agradable. Estos son los hechos curiosos que vale la pena citar.

Y otro hecho del que también podemos hablar es el aprovechamiento, porque uno no es inocente del todo en estas cosas, que uno hace de los propios medios muchas veces para simplemente vender y promocionar. El mundo del espectáculo estamos ligados estrechamente al mundo de los medios en el sentido de que los necesitamos para la promoción de nuestras obras. En el caso concreto de mi obra, como nos hemos mantenidos muy independientes desde el punto de vista económico, y hemos sido poco afines a lo que son los medios públicos y la Administración Pública, ha sido necesario estimular a los medios para que hablen de nosotros.

Sin ir más lejos, el otro día en El Mundo había una fotografía de las que se llaman «incorrectas», con Fernando Sánchez-Dragó. Él vestido solo de medio cuerpo y yo al revés, con corbata pero sin pantalones, haciendo publicidad de un libro que hemos escrito, Dios los cría… De esto, hallaríamos en el historial de mi obra y Els Joglars cantidades ingentes de fotografías, de situaciones y acciones hechas precisamente jugando con los medios para conseguir que ellos hablen y tengamos público que pase por taquilla. Insisto, tampoco estoy para quejarme simplemente de la actitud de estos medios, sino que muchas veces me han servido para promocionar las obras.

Pero uno de los dramas personales en que uno acaba enredado es que la imagen en general que se ha dado no solo de mí, sino de las obras, en cierta medida ha acabado falseada por este mismo juego de atracción que he tratado en todo momento de tener. Cuando uno hace determinadas acciones espectaculares, o con ánimo espectacular, el espectador las lee como seguramente nosotros le hemos inducido, pero muchas veces no tiene nada que ver con el sentido, la estructura o los contenidos directos de la obra. En el caso directo de las obras de teatro, sin duda alguna. Porque siempre hay un deseo y una atracción por parte de los medios de dar relieve a aquellas cosas que son para ellos las más polémicas, como dicen. En cambio, sobre lo que es el contenido dramático, la sutilidad de ciertas situaciones, el encuentro de determinadas cuestiones de lenguaje que puede suscitar un interés muy grande en el propio arte, pasa a segundo término. En este sentido, siempre tengo la impresión de que hay una parte de público que no ha asistido a mis obras por culpa de esta acción propagandística que al mismo tiempo era para atraer al público. Y es algo que lo noto sobre todo en los últimos años, que un público que tenía muchas reservas ante lo que le parecía entrever de nuestras obras, después ha aparecido casualmente por el teatro y le ha interesado muchísimo. Y se ha perdido a lo mejor diez, quince o veinte años de estas obras.

Por lo tanto, insisto en que ha sido esta relación con los medios una especie de concubinato en el cual han existido situaciones enormemente positivas, puesto que hemos conseguido seguramente unos niveles de publicidad y audiencia como quizás ninguna otra compañía de teatro ha tenido en España, y al mismo tiempo también unas contrapartidas que no han sido agradables. En el caso de Cataluña, sin duda alguna, estas contrapartidas han sido realmente desagradables. Pero también hay que decir que el mismo desprecio que allí se ha tenido también ha causado la simpatía en otros lados de España. Así que uno se pasea por Madrid y no le llaman fascista sino que, todo lo contrario, le paran por la calle, y le felicitan. Tampoco se puede decir, entonces, que todo haya sido absolutamente negativo.

Yo creo que esto es un poco, en estructura, lo que ha sido esta relación personal y como compañía, porque siempre he estado ligado a la compañía Els Joglars durante estos 50 años. Sin duda alguna, la entrada de los medios audiovisuales ha sido muy determinante. Nosotros los hemos utilizado mucho, no solo para entrevistas o apariciones, sino incluso como acciones artísticas directas —hemos hecho series de televisión—, y eso también ha sido en este sentido positivo. Es decir, la gente que ha visto la serie de televisión de Els Joglars ha comprendido exactamente cómo era la obra, no se nos ha deformado allí. En cambio, el medio audiovisual también tiende muchas veces a la deformación. Uno se acostumbra entonces a tener unas armas, que son las de hablar en titulares. Me he acostumbrado a hablar en titulares, porque sé que solo aparecerá una frase. Y así todos quedan siempre sorprendidos.

[Alfonso Armada]

Me gustaría comentar una cosa de lo que ha dicho Albert a raíz de su penúltimo libro Adiós Cataluña, sobre cuando se montó Alias Serrallonga, uno de los montajes míticos de Els Joglars de la primera etapa. Sobre esa falsificación de un supuesto bandolero generoso hace un comentario muy interesante sobre los medios a la hora de fabricar realidades:

Era tan emocionante amar la ficción, que hacía imposible el reconocimiento de una realidad palpable ante nuestros ojos. Alimentábamos unos fetiches que después acabarían engulléndonos. Pero aquella Cataluña que llenaba el teatro solo deseaba mitos sobre su propio pasado, y nosotros se los proporcionábamos con creces. Esta inclinación sentimental ha derivado en patología. Una patología que afecta a la casi totalidad de los ciudadanos gracias al temerario ímpetu de los medios publicitando la política de los sentimientos.

Creo que hay aquí una relación muy interesante de cómo los medios son capaces de fabricar emociones que acaban pareciendo hechos. Y el gran debate catalán, agotador, sobre el Estatut, de trabajar sobre sobre una supuesta identidad maltratada, y acabar convirtiéndose en un leitmotiv constante, ha acabado fabricando realidades que están sobre todo basadas en emociones, en manipulaciones emocionales, que creo que tiene un componente además espectacular. Utilizar los métodos de la ficción o los métodos de la emoción para pasar de contrabando supuestos hechos y acabar formando realidades. Esa capacidad de los medios para fabricar realidad utilizando la emoción.

Y en el mismo capítulo terminas diciendo algo que me parece muy interesante. A pesar de que en Alias Serrallonga había una burla del propio mito, la gente no lo veía porque, decía Boadella: «me ha demostrado que de nada sirve comunicar al público aquello que no desea escuchar». Y creo que todos los medios tenemos bastante culpa en ello, y yo, como periodista dentro de un medio, he podido comprobar cómo al final los propios lectores buscan confirmar sus propios prejuicios o realidades. En la medida en que el medio ratifica lo que ellos ya sospechan sobre lo que es, este medio es estupendo. Con lo cual, la gente acude a los medios no a descubrir, o no a aprender o no a conocer el mundo, sino a ratificar sus prejuicios, su propia visión del mundo. De alguna manera su propio espectáculo del mundo. Es un círculo vicioso que estamos alimentando y que parece imposible de romper.

[Arcadi Espada]

Curiosamente yo te quería plantear algo, Alfonso, al hilo de esto último que dices. Es evidente que hay una utilización sentimental y emocional en muchas estrategias informativas. Pero mi pregunta, larga ya en mi vida, es si eso no está también en la propia raíz del periodismo. El periodismo, incluso el periodismo más secamente anglosajón, tiene la máxima de rehuir de por ejemplo abstracciones, y reunir historias donde los problemas se encarnen en personas, es decir donde la experiencia individual sustituya la reflexión más o menos abstracta. Esto no es nada más que una estrategia también retórica, emocional, sentimental, que el periodismo utiliza desde su propia fundación. Quiero decir que efectivamente el desvarío y el delirio de la sociedad de masas aplicado a los componentes espectaculares o teatrales de las noticias son conocidos y despreciados por todos nosotros, pero cuidado, porque en la propia raíz del periodismo, como género y como manera de acercamiento a la realidad, también hay sin ninguna duda esa necesidad emocional.

[Alfonso Armada]

Hay un debate ahora interesantísimo a punto de estallar, sobre todo en el mundo vicioso de los periodistas que leen de periodismo, y es el asunto Kapuscinski, que de alguna manera enlaza con lo que estás planteando. Hay un Kapuscinski, quizá el reportero del siglo XX más afamado, con libros prodigiosos, y hay un discípulo polaco, Artur Domoslawski, que acaba de publicar en Polonia una biografía de Kapuscinski y que lo publica Galaxia Gutenberg en España. Este admirador de Kapuscinski se ha dedicado a volver a leer bajo una lupa investigativa los mejores libros de Kapuscinski, por ejemplo El Emperador, que era un relato deslumbrante sobre la Etiopía de Haile Selassie, y que uno podía leer como una metáfora, como un libro de Kafka.

Algún comentarista ha dicho que la única manera de hablar de Polonia bajo el comunismo era precisamente trasladando Polonia a Etiopía y hacer una especie de gran recreación simbólica de lo que era Polonia. Y este admirador-periodista-alumno-crítico que mata al padre parece que, según los que han leído el libro, desmonta buena parte de los supuestos reportajes estrictamente periodísticos de Kapuscinski acusándole de haber afinado, inventado o decorado sus textos para hacerlos más atractivos, más legibles y más apasionantes.

Es un tema fundamental: para captar la atención de los lectores los periodistas utilizamos elementos retóricos, literarios, porque al fin y al cabo la escritura es literatura, utilizas una sintaxis que es la misma sintaxis que utiliza el teatro o la poesía, lo que pasa es que ordenada de forma distinta, y basada en hechos reales. Creo que la clave de bóveda de toda la historia es en qué medida lo que decía Kapuscinski se sustenta en la realidad o se tomó demasiadas libertades a la hora de hacer más atractivos sus reportajes para captar nuestra atención y devorar cada libro hasta el final. 

[Arcadi Espada]

Albert: Si nosotros ahora, analizando lo que tú has hecho en el teatro y en la cultura española, y en tu relación con los medios, yo te preguntara: ¿Le has doblado el brazo a los medios o los medios te lo han doblado a ti?… Es decir si yo te pidiera un balance de esa relación, en realidad, tú no me podrías dar una respuesta exacta. Albert no lo ha dicho, pero él es un pionero en la relación con los medios. Después de Dalí, yo creo que es la primera persona moderna en España que entiende la relación con los medios. Que crea, por ejemplo, pseudoeventos. Es la primera persona que entiende que a los medios no hay que convocarlos para nada, sino que hay que convocarlos en un relato ya construido, en una especie de escenario.

Les voy a poner un ejemplo para que no suene muy abstracto y muy pesado. Este libro, Adiós Cataluña, Albert Boadella lo presentó en el que quizá fuera su último acto público en Cataluña hace ya tres o cuatro años en el muelle de Barcelona en una golondrina —unos barquitos muy simpáticos que tenemos en Barcelona—. Albert convocó a los medios en esa golondrina —un barco no es un lugar muy normal para presentar un libro— y entonces, cuando acabó la rueda de prensa, con todo el mundo mareado por las biodraminas, mandó bajar a los periodistas y a los curiosos del barco y se quedó solo allí y zarpó. Y entonces dijo: Adiós Cataluña.

Pero esto Albert lo ha hecho siempre. Ha sido un pionero que, como la figura de Dalí, al cual por cierto dedicó la que para mí, todo sumado, es la mejor de sus obras, Albert lo ha hecho constantemente. En eso vuelvo al tema de cuántas veces les has doblado. Porque hay un elemento que es falseador y es justamente la actitud de la prensa de Cataluña, porque ahí no interviene un combate leal, en el que se pierda o se gane en función de las leyes del mercado y la publicidad. Ahí hay una operación política tendente —dirigida tácitamente por el Estado, la Administración, el poder— a eliminarte de la vida pública catalana.

No piensen ustedes tampoco cosas absurdas: los medios evidentemente no han jaleado a las masas, como los ruandeses, para que exterminaran a Boadella y le llamaran fascista y le escupieran. No: los medios han hecho algo mucho más catalán: han desprotegido a Boadella. En Cataluña no hay un relato, una narración clara de lo que le pasa a Albert cuando cruza el Paseo de Gracia. Yo les propongo a mis colegas de la televisión que son tan aficionados a hacer estúpidos docudramas que un día, simplemente con una cámara oculta —ahora será imposible porque él se niega ya a estas cosas—, siguieran a Boadella una tarde cualquiera, burguesa, entre viejecitas y sus pasteles y sus cosas, por el Paseo de Gracia. Nadie lo mataría, por supuesto. Nadie, por supuesto, lo heriría. Pero la cámara debería estar atenta a las miradas que concitaría a su paso, a las palabras que se le dirigirían, incluso también, por qué no decirlo, algún lapo bien dirigido. Eso que le pasa a Boadella.

Me hace mucha gracia, porque nadie en la prensa catalana ha sido capaz de reflejar algo tan simple como que este hombre se ha tenido que ir de Barcelona porque le resultaba muy desagradable, como le puede resultar a cualquiera, ese drama tibio que evidentemente no convoca a los periodistas con el dramatismo que convoca en el País Vasco el hecho de que le puedan pegar un tiro en la nuca. Pero al final, ese drama al baño maría ha acabado siendo muy eficaz, porque se ha ido. A mí me gustaría que pudiéramos hacer un ejercicio de reflexión intelectual sobre el toma y daca, y quién ha perdido y quién ha ganado, pero no podemos. Porque ellos han hecho trampa.

[Albert Boadella]

Sí. En Cataluña sobre todo, me lo han hecho de una forma lenta, pero bien hecha. Y no es que se hayan puesto de acuerdo La Vanguardia con el Avui, ni con El Periódico.

[Arcadi Espada]

¡Pero hacen editoriales conjuntos! Se ponen de acuerdo.

[Albert Boadella]

Sí, sí. Pero en todo caso se trata de conseguir, no exactamente el silencio, que también, sino una deformación total de la persona, conseguir que sea el enemigo de lo que se consideran los Principios Fundamentales de la Etnia. Antes eran los Principios del Movimiento, y ahora son los Principios Fundamentales de la Etnia. Y por lo tanto, la imagen que dan de mí es la de un enemigo de la patria. Pero no un enemigo externo, que todavía estarían dispuestos a jugar de otra forma, sino de un traidor de alguien que es de dentro y por tanto mucho mayor.

Por ejemplo, ayer hicimos una rueda de prensa en Las Ventas para presentar el libro que hemos hecho de conversaciones con Fernando Sánchez-Dragó, y cuando yo contaba mi vida en unas formas muy primarias, dije en broma que cuando era joven todavía era mucho más conservador que ahora, que no me gustaban ni los Beatles, que me parecía que eran unos delincuentes con los pelos largos, etc. Y así, medio en broma, dije que se me habría considerado un poco facha. Pues hoy encontrarán ustedes en El Periódico de Catalunya el titular: «Boadella dice que ha sido facha». Y claro, contra eso es imposible hacer nada. El titular tiene una fuerza extraordinaria, y va perfectamente dirigido.

En esta situación, sí puedo decir que los medios han ganado el pulso totalmente. Yo no puedo hacer nada. Lo único que he podido hacer, la actitud más sensata, ha sido no conceder ni una sola entrevista a un medio catalán. No tengo ninguna relación con los medios catalanes y al mismo tiempo no hago nada públicamente en Cataluña. Cortar de raíz, porque realmente la batalla en este caso sí que ha sido ganada. En lo que sería el resto yo creo que es muy difícil hacer balance.

Sí me molesta que haya una deformación de la imagen. Hay gente que te dice por la calle: «¡Venga, venga, Boadella, dales fuerte, pégales caña!». ¡¿A quién?! Se ha dado esta imagen de vengador sin piedad, pero mis impulsos en la vida no han sido estar desfaciendo entuertos constantemente. Me interesan mucho más los problemas de voz con los actores y los problemas de comunicación. Me harto de contar públicamente que el trabajo artístico, sobre todo, no ha sido el de meterme con nadie, sino inicialmente horas y horas buscando en qué forma se consigue hacer penetrar mejor en el espectador una determinada emoción, en qué forma el actor, colocándolo, comunicará mejor aquella situación. Y esos son las tres cuartas partes o el noventa por cien de mi vida artística. Lo otro es importante, pero está en segundo lugar.

Pero insisto: como Arcadi dice, es imposible hacer un balance de lo positivo y lo negativo, en todo caso de lo positivo. Porque yo me he ganado la vida, y he dado esas gracias a los medios, que también me han llevado un público. También es verdad que si el público se hubiera aburrido no hubiera vuelto, pero por una cosa o por otra, tengo que entender que hay un lado positivo.

[Arcadi Espada]

Esa reflexión es muy fina, porque Boadella es una persona que ha hecho un teatro dirigido a todos los ciudadanos, pero no al populacho. Ha hecho un teatro popular, esa palabra tan absolutamente desprestigiada, pero teniendo en cuenta que las personas son inteligentes, finas, sensibles, educadas, que entienden la complejidad de las relaciones humanas. Todo eso que, justamente, constrasta mucho con la televisión y sobre todo con el humorismo vigente y plenipotenciario, concretamente con el humorismo de las autonomías, al que le podríamos haber dedicado una de las charlas. Es decir, cómo se tratan los diferentes tópicos esenciales que cada cultura ibérica maneja. Eso todavía sabe peor, sabe muy mal, que se haya producido una especie de pérdida del plumaje. Porque su teatro es un modelo de sutileza y de hablarle con las palabras de todos a las personas de una manera muy fina y muy sutil.

[Alfonso Armada]

Quería introducir un recuerdo personal. Cuando empecé a trabajar en El País, hace muchísimo tiempo —llevo en ABC 12 años y antes estuve 14 en El País—, hice prácticas de verano en Cultura, y la primera vez que me mandaron de enviado especial fue a Valladolid a cubrir el estreno de Teledeum. No sé si fue el Obispo quien convocó una serie de misas en desagravio a la Iglesia por la herejía que había cometido Boadella. Fui a una iglesia de Valladolid, y ahí estaba yo de pie, con toda la iglesia y el cura enfervorizado y lanzando terribles anatemas contra Boadella, y yo tomaba notas de la terrible homilía del cura, y las viejas que estaban a mi lado me daban codazos para que rezara y me pusiera de rodillas. Así que mi primera labor como enviado especial fue cubriendo una misa en desagravio contra la ofensa que hacía Boadella a la Iglesia.

Lo curioso es que, con el paso del tiempo, en esta relación tan paradójica que Boadella ha tenido con los medios, ahora que se ha venido a vivir a Madrid, quizá por esta división tan absurda del mundo, estas trincheras, los medios supuestamente más conservadores o más derechistas de Madrid tienen una posición más liberal o más tolerante hacia las formas tan irreverentes y ácratas de Boadella a la hora de reflejar sus obras y a la hora de reflejar sus palabras, y los medios supuestamente más progresistas —si es que el nacionalismo puede ser progresista, creo que es un oxímoron— le nieguen el pan y la sal. Es un viaje paradójico.

[Albert Boadella]

Sí, es una cosa curiosa. Y al hilo de lo que estabas contando, es curioso, precisamente, la influencia que pueden tener los medios en el giro hacia una obra es que Teledeum —lo he contado muchas veces pero nadie me cree— era una obra que los integristas católicos tenían que haber defendido. Como yo había sido monaguillo me gustaba muchísimo el latín, y todo lo que era la parafernalia, lo ceremonial de los rituales religiosos. Entonces, cuando empecé a ver todos esos rituales nuevos de las misas con las guitarras y la desaparición del latín, yo me puse frenético: es un desastre desde el punto de vista teatral y creo que la Iglesia se ha equivocado completamente, porque si hay algo que induce a la fe es el ritual, porque desde el punto de vista de la teología es imposible.

En cambio, a través del rito —¡qué voy a contar yo en Andalucía!— se consigue el estímulo precisamente de la fe. Entonces hice una obra en la que yo me reía de los nuevos ritos eclesiásticos. Parece que los anglosajones dijeron: como pan ya prácticamente no se come, y vino nosotros no tomamos, hemos inventado una cosa que se llamaba el catsupchrist, que era la síntesis entre el pan y el vino. Había una serie de barbaridades de este tipo, sí. Es curioso que eso se vendió, no nosotros, sino que se vendió, como un auténtico ataque a los símbolos más sagrados de la Iglesia, la fe y Dios Padre. Y era absolutamente todo lo contrario. Es una de las cosas curiosas contra la que nosotros, y yo personalmente, no podíamos hacer nada. Incluso cuando nos abrieron varios procesos —recuerdo uno de ellos en Burgos— yo le contaba al juez mi versión de la historia. Y él me miraba con una cara muy irónica, pensando que me estaba choteando de él. Afortunadamente era un hombre con sentido común y nos absolvieron del asunto.

También tiene que ver con lo que hablabas antes de Alias Serrallonga, con la que al final todo cambiaba pero los catalanes solo se fijaron en una sola cosa, y es que aquella obra se tocaba Els Segadors. Era el año 74, ahora es el himno nacional catalán y entonces estaba prohibida. Los que estaban en la sala escuchaban Els Segadors y se emocionaban, y había gente que lloraba. Había algunos que no lo conocían, pero los que lo conocían se quedaban estupefactos y después estos segadors lo vendían todo: las hoces, todo. Pero eso no importaba para nada. Y era la coda de la obra, la moraleja de la obra. En cambio, solo se quedaban con lo anterior. Es decir, que hay un momento en el cual hagas lo que hagas, el sentimiento del propio espectador, y la manipulación que en ciertos momentos puede hacer un medio, desvía completamente la mirada al margen del hecho en sí mismo.

[Arcadi Espada]

Por cierto, sobre Teledeum. Albert es un hombre que ha corrido riesgos y algunos los ha resuelto como su mítica huida de la cárcel Modelo de Barcelona en un suceso que realmente marcó a nuestra generación. El arte en tu caso ha significado problemas muy concretos. Teledeum provocó que un miembro de tu compañía, Jaume Collell, fuera apuñalado.

[Albert Boadella]

Dieciséis puñaladas, sí. Y cócteles molotov. ¡Y todo para defender el integrismo!

[Arcadi Espada]

Una pregunta para los dos, muy concreta, y advierto que me parece que es muy difícil. ¿Por qué el periodismo es tan irresistiblemente teatral y cinematográfico? Es decir, ¿por qué Primera Plana, por qué Ciudadano Kane?

[Alfonso Armada]

Yo estaba pensando en sacar a colación un tema que a Arcadi le apasiona y me gustaría también saber qué tiene que decir Boadella al respecto. Y es la famosa emisión de Orson Welles de La Guerra de los Mundos, cuando metió de matute en la RKO una emisión de radio. Aunque él dice después que había advertido que se trataba de una recreación y una ficción, Welles utilizó con mucha habilidad las técnicas periodistícas para relatar la invasión de la tierra por los marcianos. Y eso provocó estados de pánico en algunas zonas de Nueva York, es decir, tuvo un efecto sobre la realidad. Respondiendo a tu pregunta, no lo sé.

[Arcadi Espada]

O El hombre que mató a Liberty Valance, que tanto le gusta a José Miguel Larraya.

[Alfonso Armada]

Quizás sea porque, de alguna manera, había menos facilidad para viajar, para saber. Por ejemplo, cuando la noticia de que Stanley había encontrado a Livingstone en el corazón de África, tardó muchas semanas en llegar a las redacciones. Y cuando la gente leía esas historias que eran auténticas aventuras la verdad es que era como leer una novela de Salgari o de Julio Verne, pero basada en hechos reales. En su origen, muchos nos hacemos periodistas o muchos se fascinan leyendo historias en los periódicos porque te permiten viajar más allá.

Te permiten lo que le pasó a Joseph Conrad cuando escribió El corazón de las tinieblas. Cuando él abría el mapa de África veía que el corazón era una especie de mapa sin completar, al que le faltaban ríos, los accidentes geográficos, los pueblos, etc. Esa especie de viaje a lo desconocido en el que los medios te transportan quizás ha acabado nutriendo buena parte de las historias. Y a fin de cuentas, son siempre relatos fascinantes de cosas reales en las que, como decías antes, utilizas elementos retóricos que hagan la historia más atractiva. Y a todos nos encanta que nos cuenten Historia. El problema es cuando al final no decimos si lo que estamos contando es ficción o realidad. Pero ese afán de conocer, de ilustrarlo primero con fotos fijas, después con emisiones de radio, después con imágenes en movimiento, crea una fascinación por sí mismo, y esa es la relación fundamental con el espectáculo. Nos están contando algo que es real y que nos apasiona saber.

[Arcadi Espada]

Es interesante lo que dices del gap cronológico. Pericay, esta mañana, citaba a Sofía Casanova, y decía que las crónicas de la Revolución de Octubre llegaban con dos meses de retraso a ABC. Pero no se me había ocurrido nunca pensar que, efectivamente, ese tempo de expectación es un estiércol de la fascinación. Pero supongo que también hay otras cosas, por ejemplo la figura del héroe. Ese héroe ambiguo, del cínico que no cree en nada, y que ha visto todo.

[Albert Boadella]

Hay una cuestión de poder, también, en cierta medida. Por ejemplo, el caso Watergate, esos periodistas luchando por la situación también es un juego de poder. Del héroe, pero con un poder. En todo caso tengo poco que añadir, me ha parecido una versión muy exacta. Sí que quería comentar lo que me decías de Orson Welles. Tengo que decirte que, a pesar de pertenecer al mismo gremio, me siento muy poco identificado con una cosa así. Aprovecharse de la ficción para construir un hecho real es algo que, en fin, transgrede unos límites éticos de nuestro propio oficio.

Nosotros, como tantos profesionales, tenemos unos conocimientos y unas habilidades que permiten crear una situación falsa que si está muy bien interpretada sea perfectamente asumida por todo el público. Pero hay una convención, y es que sucede en unos espacios concretos. Por lo tanto el público acepta esta convención, y después de que Otelo haya degollado a Desdémona nadie se va al juzgado a poner una denuncia, es lógico. Como los periodistas que se disfrazan y entran en prostíbulos. Es algo que me repugna. Hay una transgresión de las reglas de juego, de la ética.

[Alfonso Armada]

Lo que comentaba antes Arcadi de ese artículo de FronteraD sobre el caso Kapuscinski, de Diego Salazar, que es un periodista peruano muy interesante, él menciona precisamente eso: el pacto entre el periodista y el lector, un pacto de mutua confianza. Si yo te voy a contar una historia periodísticamente, en un entorno periodístico, es un pacto de verdad. Si el pacto es el de un cómico, sabes que las reglas son distintas. Y es bueno que ese pacto bien claro esté sobre la mesa. 

[Arcadi Espada]

Una acotación sobre eso de la tradición y el héroe periodístico. Hay algo realmente sorprendente en la comparación entre el mito y lo real, porque yo creo que pocos arquetipos contemporáneos tienen detrás suyo una tradición tan honorable; en realidad el periodista aparece en el relato cinematográfico o teatral como máximo como un cínico, pero casi siempre como un hombre íntegro que salva o resuelve alguna situación. Es sorprendente ver ese aura mágica en torno a nuestros periodistas míticos y constatar que en el ranking de las profesiones hoy, la de periodista es una de las más desprestigiadas. Naturalmente, siempre inmediatamente después de la de político.

 

Enlaces de interés

Sobre Albert Boadella y Alfonso Armada (pdf).

FronteraD, revista digital dirigida por Alfonso Armada.

Artículos de Alfonso Armada en ABC.

Página web de Els Joglars.

Blog de Albert Boadella.

«Sombras sobre Kapuscinski». Artículo de Alfonso Armada en FronteraD.