[Arcadi Espada]
Empezamos nuestra esperada conversación sobre la noticia científica y sus implicaciones, tanto para la ciencia como para el periodismo. Como siempre en nuestros planteamientos, tenemos un civil y un militar, es decir, una persona que ejerce como científico, y otra que explica o describe la actividad de los científicos.
A mi izquierda tengo a Carlos Belmonte, que es uno de los grandes neurocientíficos de nuestro país, y del mundo en general. Es presidente de la más importante asociación dedicada al estudio del cerebro y es el gran fundador del Instituto de Neurociencias de Alicante. Yo tengo deudas con él que son estrictamente personales. Vengo de un dominio que es el de la poesía, por decirlo de una manera llana, y personas como el profesor Carlos Belmonte me han ayudado a soslayar las inevitables lagunas de la poesía. Por eso le estoy personalmente muy agradecido de que en un momento determinado sus estudios y sus intervenciones me permitieran a mí, y a tantos otros, tener una visión del mundo y de las relaciones entre los hombres mucho más rica y compleja. Es un hombre muy ocupado, y le agradezco muy especialmente que esté esta tarde con nosotros.
A mi derecha tengo a un querido compañero del diario El Mundo, joven, y extraordinario profesional, que se llama Pablo Jáuregui y que lleva la sección de Ciencia de El Mundo contra viento y marea. No es fácil llevar en un periódico una sección de ciencia, y no solo eso, sino que ha conseguido incluso escribir y dirigir un suplemento de ciencia. Un suplemento que lleva además el más hermoso nombre que se le puede dar a un suplemento de esas características. Creo que no hay otro suplemento en la prensa mundial que tenga un nombre tan preciso, elegante y feliz como Eureka!
También estoy muy contento de tenerlo aquí, y le cedo con mucho gusto la palabra.
[Pablo Jáuregui]
Cuando estás en la redacción de un periódico, vas siempre con la pistola del cierre, con las prisas. Ayer comí con un científico, y me decía: «Los periodistas siempre tenéis prisa. La ciencia no tiene prisa». Es verdad. Por eso, la oportunidad —no siempre es fácil escaparse de la redacción— de reflexionar en voz alta en compañía como la vuestra es un privilegio, y espero que mis reflexiones puedan contribuir con algo de interés a este debate sobre la noticia y la ciencia.
Básicamente, lo que me gustaría lanzar es un mensaje optimista, a pesar del contra viento y marea, de la crisis y el pesimismo general que vive la profesión, y quizás concretamente un área tan pequeñita todavía, y especializada, como es la ciencia dentro del panorama de la prensa.
La ciencia es noticia en España, y cada vez lo es más. Creo que podemos decir que vamos a muchísimo más en un futuro cercano. Es lo que yo he vivido en mi propia trayectoria profesional. Llevo ya quince años y la experiencia es ésa. En ese ruido mediático —la tertulia, la locura, las radios, las voces de los medios— hay temas que solo puede responder la ciencia. La ciencia puede poner bajo el microscopio cualquier aspecto de la sociedad. Está claro que temas que son rotundamente de ciencia están entrando en la esfera pública. Muchas veces la gente comenta, sin tener criterio, pero por lo menos está entrando. Vamos a comentar las más obvias y las que más ruido hacen.
El cambio climático, ese tema que tantas pasiones despierta: «¿Hay cambio climático o no? ¡Ese tío es un algorero! ¡Los calentólogos!». Hay mucho ruido sobre ese tema, pero como mínimo podemos decir que está sobre la mesa en las radios, en los titulares. Un tema de ciencia pura que solo la ciencia puede responder: la clonación. Todo lo que ha supuesto desde la oveja Dolly, las células madre, si es lícito investigar con embriones, todo lo que tenga que ver con la genética, hasta qué punto determina el comportamiento o si va a ser la salvación para enfermedades incurables.


Ahora la vida artificial, incluso, de Craig Venter, que dice que ha creado la primera forma de vida artificial con copyright del ser humano. O por poner el ultimísimo ejemplo de los últimos días, cuando Stephen Hawking se lanza a la piscina y dice: «Señores, lo voy a decir de la manera más rotunda que se me ocurre: Dios no es necesario. Tenemos la explicación del origen del universo y no hablemos más. Dios ha muerto en el siglo XXI. Se acabó.» Y en elmundo.es ha habido hasta mil quinientos comentarios de los lectores.
El debate científico levanta pasiones; hace involucrarse a los lectores. Está presente cada vez más en la esfera pública de la sociedad española y, en general, de los medios de comunicación de todas las sociedades modernas. Hay una demanda de la sociedad, que se está reflejando poco a poco, contra viento y marea, en la creación de secciones especializadas que tienen esa cabecera. Las cabeceras de un periódico dividen el mundo en áreas de interés humano, y es el mejor marketing de un área que se piensa que tiene interés. Incuestionablemente: la política, la economía, la cultura —¡quién va a cuestionar la cultura!— o el deporte. Pero resulta que, aunque sea tímidamente, en un periódico como el nuestro y otros que han seguido, es el mejor marketing posible. Ya hemos conquistado esa cabecera: la ciencia como cabecera de un área que merece su propio espacio en el que solo va a haber información sobre este campo.
Yo he vivido en mi trayectoria profesional un momento en el que eso no existía para nada, sino que hacíamos ciencia, o la poca que cabía, en cajones de sastre. Lo que no es Ciencia, Política o Cultura se suele llamar Sociedad, o Actualidad, o algo muy ambiguo. Ahí, la ciencia tenía que pelearse con un suceso de malos tratos, o un viaje del Papa: paradójicamente, compartes espacio con una información de religión. En todo lo que sobraba, en ese mix, ahí estaba la ciencia. Es un poco patético para el profesional que ve y quiere reivindicar que la ciencia tiene suficiente interés social e importancia para tener, como mínimo, esa cabecera, igual que Deporte. Y así, los profesionales se van a especializar solo en eso, que es fundamental. El periodismo de calidad tiene que ser especializado, y más si cabe, en el mundo de la ciencia. Pero si un día estás cubriendo un suceso de malos tratos y al día siguiente la investigación con células madre, mal vamos.
El Mundo y otros periódicos ya han empezado, y es una conquista muy importante. La ciencia es noticia, y tiene que tener un espacio propio. Y a su vez, en las reuniones donde se pare el periódico todos los días a nivel de editoriales, de portada, hay un representante —un periodista especializado— que vende. Porque en las reuniones de la mañana con el director, cada jefe de sección vende y promociona los temas en una lucha por su espacio: primero por qué páginas tendremos en el día, y después por qué espacio podremos tener en la portada o en las columnas de opinión. Antes, simplemente, la ciencia no estaba representada en esas reuniones donde se cuece y se fabrica el periódico. Ahora, cada vez que se forma una sección también hay un redactor jefe que siempre va a estar ahí para que se tenga en cuenta que mañana Nature publica a un tipo que dice que, nada más y nada menos, ha creado vida artificial, y qué quiere decir eso y qué implicaciones tiene. Creo que la creación de secciones especializadas es un síntoma muy importante que ha empezado y puede ir a más.
Otro gran motivo para el optimismo es todo lo que ha ocurrido con el fenómeno de internet. El Mundo ha empezado, como todos, a integrarse y a hacer simultáneamente información en la edición digital y la impresa. Y yo, que también soy el responsable de los contenidos de ciencia en la edición digital del periódico, ahora tengo siempre el mejor argumento cuando algún jefe dice que, en el fondo, la ciencia no interesa. Hemos colgado en la web alguna cosa que podría parecer aburrida, como la física de partículas. ¿A quién le interesa?, puede decir algún jefe.
Resulta que el día que empezó el gran experimento de la llamada «Máquina del Big Bang», o como queramos llamarla popularmente —el famoso LHC de Ginebra— es una de las noticias más leídas en elmundo.es. Entonces, yo puedo aparecer en la reunión de portada y cuando digan «Bah, no interesa la física de partículas», responder: «¿Has visto en elmundo.es que es una de las noticias más leídas del día?» ¿Por qué se dice que no interesa, cuando en ese sondeo cotidiano que son los listados de las noticias más leídas resulta que la ciencia está continuamente presente?
Aparentemente, es tan popular como para colarse entre noticias tan frívolas como las del cotilleo, que suele ser lo que abunda en esos listados. Pero de vez en cuando, alguna noticia de genuino interés científico también está ahí, y a través en los foros de debate y los chats se ve el impacto, la repercusión y el interés social que tienen estas cuestiones. Por lo tanto, en ese sentido, el periodismo digital, y mi experiencia ocupándome de sus contenidos digitales, me ha dado fuerza y argumentos sobre la popularidad de la ciencia en las reuniones, en la promoción de los temas de ciencia, dentro del periódico impreso.

Por otra parte, si se dice que el futuro solo va a ser digital, aunque probablemente seguirá habiendo una larga convivencia entre papel y web, el potencial que tienen las herramientas multimedia para divulgar ciencia es espectacular. Nosotros hemos hecho especiales sobre el 200 Aniversario de Darwin, hace unos años; reportajes en los que vamos sobre el terreno, como el LHC de Ginebra. Vídeos, gráficos multimedia, chats con grandes científicos, foros de debate, etc. Internet es una herramienta poderosísima para el periodismo, pero en especial para el periodismo científico y para divulgar qué es la vida artificial, hacer un gráfico interactivo de cómo se ha gestado, de cómo funciona el cerebro, etc. Como herramienta, si el futuro es digital, es una gran noticia para el periodismo científico.
Ahora bien, la ciencia quizás plantea más que ninguna otra rama del periodismo un durísimo desafío para el periodista, al que me enfrento todos los días, y en el que probablemente todos los días acabamos cometiendo errores. Y los puristas se rasgarán las vestiduras todos los días, porque la ciencia tiene ya un lenguaje muy hiperespecializado: los papers, las grandes fuentes científicas que han pasado el corte de lo que vale, de lo que realmente es ciencia buena. En esos papers, ni un astrónomo entiende al biólogo ni un biólogo al físico. El lenguaje es tan hiperespecializado que ni entre los propios científicos pueden muchas veces entenderse. No digamos ya cuando eso tiene que llegar al periodista que luego lo tiene que transmitir a la calle. El proceso de traducción/interpretación que hay del laboratorio al paper científico, y de ahí del periodista a la sociedad, es un desafío durísimo. Yo no sé si hay ninguna otra rama del periodismo que tenga ese desafío tan complicado de traducción de concepto, de debates durísimos a veces de entender a primera vista.
Yo siempre me consuelo con dos frases —dos perlitas— que he ido recopilando de Einstein en mis lecturas. Dijo: «No entiendes algo si no puedes explicárselo a tu abuela». O «El científico que no pueda explicar sus teorías a un niño de doce años es un charlatán». La teoría más complicada, como pueden ser la relatividad o la vida artificial de Venter, muchas veces es un desafío, pero hasta los más grandes científicos reconocen como una obligación moral poder contarlo en forma de cuento para un niño, o de la forma más sencilla. Es algo que uso muchas veces con los científicos al teléfono: «Por favor, explíquemelo, usando la frase de Einstein, para que lo entienda su abuela». Es un desafío diario muy complejo, pero a lo largo de los años de mi propia trayectoria ha habido cada vez más puentes. En esto, internet ha sido también una gran revolución, que facilita mucho la transmisión del laboratorio a la calle con el periodista como intermediario.
Por ejemplo, una gran web que ha creado la Sociedad Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS), con un nombre parecido, por cierto al suplemento: EurekAlert! Es una gran web donde los periodistas podemos acceder con claves para ver con días de antelación los grandes hallazgos que van a publicar las revistas científicas, que son las fuentes más importantes, que normalmente ya tienen un resumen en un lenguaje simplificado y, sobre todo —esto es fundamental— el número de teléfono y el email del autor del paper en cuestión. Todo esto, con los gráficos de internet y demás, facilita mucho la transmisión entre un núcleo tan especializado de conocimiento como es la ciencia y, al final, los lectores del periódico.
Por otro lado, y esto es algo que Arcadi defiende mucho, y que tímidamente veo que hemos estado haciendo en el periódico, la ciencia, la mentalidad de la ciencia, empieza a impregnar, o se empieza a buscar un enfoque de ciencia para cualquier aspecto de la realidad, para cualquier noticia. Nosotros hemos hecho alguna vez algo que es muy curioso, que es cuando el director del periódico me ha preguntado qué podíamos decir desde la ciencia de un caso grave de pederastia, de violencia, de cualquier aspecto del ser humano. Hace poco se me pidió un artículo que firmé en Deportes sobre el éxtasis tribal del fútbol, que ha sido espectacular como fenómeno social, antropológico, cerebral al final, del Mundial de Fútbol. La ciencia puede hablar sobre casi cualquier aspecto de las noticias, y puede ir entrando en distintos campos y decir algo sobre noticias que no son a priori de ciencia. Esto es muy interesante, y creo que es algo que también vamos haciendo cada vez más.
Yo creo que la ciencia vive un gran momento. El mejor. Evidentemente, no podemos quedarnos contentos con eso, porque hay muchísimo por hacer, y seguimos siendo algo relativamente minoritario, periférico, no troncal del periódico y del periodismo, en general. Pero yo creo que hay muchos síntomas muy positivos de hasta dónde hemos llegado y hasta dónde podemos llegar para que la ciencia sea noticia y las noticias sean cada vez más científicas.
[Carlos Belmonte]
Cuando uno se hace mayor, va entendiendo mejor a los seres humanos y admirando cada vez a menos de ellos. Yo a Arcadi le admiro, además de que le aprecio personalmente, porque nos hemos podido conocer un poquito, pero le sigo admirando como periodista y como intelectual. De modo que la poesía le ha ayudado mucho a construir un cerebro bien amueblado. Y lo acaba de decir Pablo Jáuregui. Creo que es totalmente cierto. Creo que es el periodista de los que yo leo que ha incorporado de una manera más definida la ciencia al análisis de los problemas del mundo.
Mi último mensaje en esta intervención será que los científicos podemos precisamente ayudar, con nuestro enfoque de lo que es el mundo y qué problemas tenemos, a intentar darles si no una solución, por lo menos adaptarnos a las realidades y no a nuestros deseos. Que hagamos una sociedad que esté basada en la realidades de nuestro cerebro, nuestros mecanismos biológicos y nuestras limitaciones antropológicas, y también a las realidades del mundo físico que nos rodea.
Yo quería hacer unas cuantas reflexiones sobre cómo desde la óptica de un científico la ciencia ha evolucionado en estos últimos cuarenta y tantos años —ha sido espectacular y vertiginoso— y en qué medida la ciencia o los científicos pueden contribuir a la sociedad con un pequeño apunte al final de la primera parte de cómo estamos en España, porque creo que vale la pena saber cuál es nuestro contexto real.
Lo tradicional de la ciencia es que era algo que hacíamos una serie de personas, a las que la sociedad consideraba en el mejor de los casos pintorescas, encerradas en lugares bastantes ignotos, y empujadas fundamentalmente por la curiosidad. Es decir, el intento de entender desde una óptica científica el mundo que nos rodea. Ese modelo de científico ha sido el que ha ido aportando el conocimiento que hemos tenido hasta finales del siglo XIX, o principios del siglo XX, incluso un poco más. Pero la sociedad ha ido evolucionando, y en ese sentido el papel de la prensa ha sido muy importante. El aspecto positivo de la prensa ha sido que ha llevado eso a la sociedad cada vez de manera más decidida. Cada vez más, la ciencia ha empezado a interesar al público. La sociedad ha sido consciente, y en las sociedades desarrolladas más, de que el progreso y el bienestar dependen de los avances científicos, desde los aspectos de salud a nuestra vida cotidiana.
Eso ha hecho que de repente esos señores raros que estaban metidos en sus laboratorios empiecen a ser considerados útiles e interesantes, lo que determina que cada vez llame más la atención lo que hacen y sea reconocido socialmente. Es una cosa que los científicos agradecemos mucho y que todavía no hemos acabado de digerir, porque nos sentimos un poco conturbados cuando nos ponen los focos delante, y a veces unos sobreactúan, otros se callan. No reaccionamos ni respondemos muy bien a esa demanda de información de la sociedad.
Por otro lado, nos hemos convertido en objetos de valor, y eso quiere decir que económicamente somos rentables. De golpe, los científicos no solo pueden proporcionar mucho dinero, sino que pueden ganar mucho dinero. Cuando yo dije en mi casa que me iba a hacer científico, fue como si hubiese decidido hacerme monje. Me miraron con aire de decir: «Bueno, pues a este chico habrá que ayudarlo», porque vivir de la ciencia en aquella época era bien difícil. Afortunadamente, en algunas familias eso se llevaba bien, pero lo cierto es que era una dedicación casi heroica. Hoy en día dedicarse a la ciencia puede ser más rentable que muchas otras profesiones, y ha habido muchos científicos que se han hecho inmensamente ricos porque sus hallazgos se transforman en dinero.
¿Qué consecuencias han tenido estas dos cosas? Que la ciencia de repente se ha puesto de moda, es conocida, tiene valor y eso, en los aspectos positivos, ha representado que cada vez tengamos más dinero y trabajemos en mejores condiciones. Hacemos investigación en unas condiciones que ni soñábamos hace treinta años. Los inconvenientes: uno de ellos es que lo que hacemos ya no está movido por ese deseo de conocer y entender el mundo, por la curiosidad, sino que está movido muchas veces por factores económicos, y algunas veces de mucho peso. Entonces, al científico se le intenta imponer lo que tiene que hacer, y en algunos casos existe una cierta presión para que salga lo que quieren desde un punto de vista económico los que financian esa investigación. Estoy pensando en la industria farmacéutica, y de muy distinto tipo, que lo que quieren es el resultado que a ellos les interesa, no el que el dato proporciona.
Y luego, como se ha convertido en un producto de consumo a nivel de la información, la ciencia ha tenido que copiar algunas de las características de la prensa y del mundo de la noticia. Algunas de ellas a mí, personalmente, no me parecen positivas. Por una parte, la inmediatez de la noticia. Uno tiene un dato científico y lo tiene que publicar inmediatamente, con una rapidez que a veces está reñida con la solidez del dato. La espectacularidad: no solo tiene que ser interesante en términos estrictamente científicos, sino que además tiene que tener un cierto sabor y un cierto encanto y atractivo, llamar mucho la atención. Y la superficialidad, que es quizá lo peor. No se puede entrar en detalles, y la ciencia se hace de detalles, de datos muy etéreos. Ese ha sido el precio que hemos tenido que pagar al nuevo modelo de ciencia.
Como por otra parte la información es abrumadora —el número de científicos en el mundo está aumentando, afortunadamente, y cada vez más gente se dedica a eso— seguir la información científica se hace más difícil, y obliga a comprimirla y a buscar métodos no siempre fáciles de integración de la información. En ese punto es donde estamos en la ciencia del mundo.
Yo creo, coincidiendo totalmente con el diagnóstico de Pablo Jáuregui, que la ciencia está en un momento dulce, y la sociedad nos está reconociendo un esfuerzo que antes era impensable. En España ha ocurrido lo mismo pero siempre con un pequeño decalaje, porque si ha habido un país con poca tradición y éxito científico ha sido España. Un amigo mío decía que ser investigador en España es como ser torero en Londres, y creo que es una metáfora que refleja muy bien el ambiente en el que desarrollamos los científicos ya mayorcitos en este país los primeros esfuerzos por incorporarnos y homologarnos con el mundo de fuera. Y sin embargo, la ciencia española se ha desarrollado.
Conservamos sin embargo un cierto papanatismo hacia todo lo que viene de fuera. Yo creo que el esfuerzo de los científicos españoles no se reconoce, cuando verdaderamente tenemos científicos excelentes, y lo dice alguien que tiene un observatorio muy privilegiado de lo que está ocurriendo en la ciencia mundial. Empezamos a tener científicos excelentes, de primer nivel, pero nos seguimos trayendo algunos que suelen ser españoles emigrados que en condiciones buenas han hecho un trabajo excelente y que, si se vinieran al cien por cien aquí, lo harían también, pero se han buscado fórmulas de ir y venir, como si todavía necesitáramos ese tutelaje. A los científicos españoles nos humilla un poco, porque nos parece que nuestro esfuerzo no acaba de ser todo lo reconocido que debiera por la sociedad o los poderes públicos.
Pero el hecho es que en España estamos mejorando mucho en ciencia. Falta todavía la conciencia de que la única manera de que este país se desarrolle es con la ciencia. Yo creo que no hay otra, y no lo digo porque soy científico: si fuera abogado lo diría también. No hay otro camino, y por tanto tenemos que fomentar la ciencia, y yo veo con desmayo que cuando hay crisis, lo primero que se recorta es la ciencia. Estamos cometiendo un error. Mucho peor que hacer algo malo es cometer errores. Y esto es verdaderamente un error que pagaremos.
Me contaba un amigo que había estado haciendo los datos de la ciencia española desde el año 1980 hasta hoy que hasta 1992 la ciencia española experimentó un crecimiento espectacular con la creación de la Comisión Asesora de Investigación Científica y Técnica, un gran número de becas, etc. Juan Manuel Rojo era el Secretario de Estado, y hubo un equipo excelente que hizo una gran labor. En 1992 empezamos a caer. Pretendíamos llegar al 2% del crecimiento del PIB dedicado a la ciencia. Pues bien: eso está previsto para el año 2012 o 2015. Si hubiéramos seguido la pendiente de la primera década de los 80 a los 90, ya estaríamos en ese 2%. Hubo una inflexión, y se vino abajo la inversión en ciencia.
Ha vuelto a haber otro pico en los momentos de nuestra exaltación económica cuando íbamos a machacar a Italia y a Francia en el PIB, y ahora estamos otra vez cayendo y tenemos que volver a coger carrerilla. Esas oscilaciones son nefastas para la investigación en España. En ese sentido, todo lo que sea ayudar desde la prensa a concienciar a la sociedad sobre la necesidad de la investigación científica me parece una labor que va más allá de la puramente informativa. Es hacer país.
Por último, los científicos tenemos una relación ambivalente con la prensa. Los científicos son unos narcisistas sofisticados. Santiago Ramón y Cajal decía que había que huir del fácil aplauso de las multitudes, lo que quiere decir que siempre se ha considerado con cierto desdén buscar la aparición en la prensa. Y cuando los científicos aparecen mucho en los periódicos, sus colegas empiezan a mirarlos con cierta sospecha aunque, en el fondo, a todos les gusta aparecer en los periódicos, como le pasa a todo el mundo.
Pero es verdad que los científicos que se prodigan mucho en la prensa no tienen muy buena prensa en el mundo científico. Tampoco es muy justo, porque en última instancia están haciendo una labor. Hay que encontrar un equilibrio y conseguir convencer a la prensa y a los científicos de que ni la prensa debe trivializar con las cosas —que es lo que hace que los científicos pierdan imagen ante sus propios compañeros— ni los científicos tienen que huir de la prensa como si fueran gente frívola y sin ningún interés. Creo que estamos avanzando muy deprisa. Cada vez son más los científicos que escriben divulgación ilustrada. Los anglosajones lo llevan haciendo desde hace décadas, y en eso también vamos detrás, y yo confío en que consigamos que eso entre en la cultura española como parte de nuestra modernización.
Quería terminar con una especie de soflama respecto a mi convicción personal profunda de que, en un mundo que está dividido por religiones, creencias, partidos de fútbol y con unas bases tribales profundamente arraigadas en nuestro cerebro, a mí me parece que el único lugar común y racional que tenemos los seres humanos es la ciencia. Es el único lenguaje genuinamente internacional. El único lugar donde nos podemos juntar personas con ideologías, religiones y visiones distintas y hablar y estar de acuerdo en cosas. En ese sentido, la comunidad científica representa un ejemplo. Somos ególatras, tenemos muchos defectos: neuróticos, obsesivos, despistados… Pero además de que mantenemos unos estándares éticos que ojalá los mantuviera la sociedad en sus relaciones internas, porque la ciencia mantiene unas exigencias éticas altísimas comparadas con las sociales, yo creo que la ciencia y los científicos son un modelo de cómo confrontar los problemas, y por eso termino como empezaba: lo que más me gusta de lo que le leo a Arcadi es que emplea los conceptos científicos para intentar explicar problemas sociales complejos.
[Arcadi Espada]
Al hilo de lo que has dicho, quiero plantear algo vinculado con la posibilidad, o con la imposibilidad, de que el periodismo y la ciencia se entiendan. Algo que ni siquiera tiene que ver con la espectacularidad, la rapidez y todas esas cosas.
Hay dos cuestiones que para el periodismo son innegociables, no tanto en el oficio, sino en el software, digamos, del cerebro periodístico. Una es la libertad. La defensa y la búsqueda de la libertad en todas partes desde la apreciación cierta e indiscutible de que no hay periodismo sin libertad. Libertad es una palabra que al periodista rápidamente le exalta. Y luego, la causa. El periodista cree que una de sus misiones es buscar la causa de las cosas. Es decir, hay un accidente en el metro y naturalmente lo primero es quién es el responsable, quién ha de pagar, cuáles son las causas, etc. Estos son dos puntales del discurso periodístico: la querencia por la libertad de los hombres y la necesidad de que haya responsables, causas, dimisiones. De que rueden cabezas.
Pero tú sabes bien, porque además te dedicas justamente a una de esas zonas medulares de la investigación científica contemporánea que, en primer lugar, lo que llamamos libertad o libre albedrío está en estos momentos puesto en duda por la investigación científica. Hay pensadores y científicos muy ilustres que añaden a la experiencia humana una cantidad de determinismo inexorable. Y también sabes que en ese determinismo, vinculado a los genes, también juega un papel algo que el periodismo lleva muy mal, que es el azar. Es decir, las cosas suceden —a veces— no porque nadie sea responsable de ellas sino porque, naturalmente, el azar existe. Eso es lo que, a mi juicio, hace algo incompatible ese matrimonio entre periodismo y ciencia y me gustaría conocer tu opinión sobre el asunto.
[Carlos Belmonte]
Creo que más que incompatibles, se complementan. El concepto de libertad para los neurocientíficos es que el hombre no es libre en sus decisiones. Hay probablemente un ochenta o un noventa por cien de nuestras decisiones que se toman como consecuencia de procesos neurológicos, cerebrales, de los que no somos conscientes, y en gran medida la acción final que nosotros explicamos no es más que una explicación a posteriori de lo que acabamos de hacer, empujados por esa información que incluye emociones, experiencias previas, etc. Esa es una realidad científica. Las realidades científicas no son cómodas, pero es están ahí, y lo que tiene que hacer la sociedad, y parte de esa educación social a través de la ciencia, debe ser aceptar que no somos como queremos ser: somos como somos, y que esas constricciones que tiene nuestra naturaleza humana, nuestra biología, hacen que haya cosas que no podamos hacer.
No podemos volar, y no podemos tampoco tener el grado de libertad que todos desearíamos. A mi juicio, la ciencia se limita a decir que nuestro grado de libertad está muy condicionado por muchas cosas. También es verdad que el cerebro es tan complejo y tiene tantas posibilidades que, cuando la bolita salta a la ruleta, ese azar no es tal. Si uno empieza a hacer teoría de probabilidades al final sale cuándo va a tocar el cuatro. Lo que pasa es que hay tantas probabilidades que afortunadamente hacen una ilusión de azar que es muy importante. Y luego, el cerebro está construido de una manera que rellena huecos todo el rato. El cerebro siempre tiene que construir una imagen coherente del mundo. Y eso se ve muy bien con las ilusiones ópticas, esas donde nos ponen unos triángulos y un hueco y decimos que ahí hay un triángulo.

Rellenamos con nuestra imaginación lo que no está en la realidad. Eso nos da suficiente variabilidad estadística como para que, aunque no seamos libres, podamos creer cómodamente que lo somos. El que ignore que en sus decisiones, que él piensa que han sido muy racionales, están influyendo montones de datos que él no controla, simplemente no está viendo el cerebro desde un punto de vista científico. Y en relación con el azar, los científicos no explicamos los porqués últimos, nunca. Nosotros no nos preguntamos por qué se ha producido un accidente. El periodista sí, pero nosotros solo vamos a explicar cómo. Lo que nosotros vamos a decir es cómo el alcohol que tomó ese señor ha modificado su capacidad de discriminación en el espacio y en el tiempo, cómo las áreas inhibidoras de su corteza frontal están inhibidas en ese momento por el alcohol y no están funcionando. Eso es lo que el científico va a proporcionar a la noticia. Si se mete más allá se mete en ser periodista. Lo bueno es que estáis vosotros y estamos nosotros.
[Arcadi Espada]
Yo llevo desde hace tiempo una batalla —una cruzada, realmente— contra el porqué. El why famoso. Ya sabes que el mensaje periodístico se divide en algunas preguntas: quién, cómo, dónde, cuándo, etc., que vienen de Quintiliano y de la retórica. No sé, realmente, quién fue el responsable de la adición del porqué en esas preguntas. Pero es algo extraordinario porque, como tú has dicho, si un científico no puede responder al porqué, ¿cómo va a hacerlo un periodista, en treinta segundos? Pues bien. El porqué sigue formando parte de esas preguntas. Un porqué completamente ilusorio. No el porqué completamente ingenuo o naif, sino las causas de un accidente en un momento determinado.
[Carlos Belmonte]
Hay porqués últimos que no son los que vais a contestar vosotros, o que contestáis de una manera no científica. Es decir, hacéis una elucubración de por qué aquel señor tuvo el accidente de automóvil. Pero lo que proporciona la ciencia es una serie de datos que permiten, por lo menos, entender el proceso que ha conducido a la consecuencia final, que es como nosotros intentamos explicar el mundo.
Antes hablábamos de lo de Hawking. A él le ha gustado meterse en esa polémica porque le gusta meterse en los charcos, pero desde el punto de vista de la gran mayoría de los científicos, es un plano de trabajo en el que nosotros ni siquiera estamos interesados. Para mí, el problema religioso —yo no lo soy, en absoluto—, es un tema que no entra dentro de la ciencia, simplemente. Es otro plano, y consecuentemente, el porqué ese señor agarró el coche y salió, yo no lo puedo decir. Lo que sí puedo decir es que su conducta habitual estaba inhibida porque había tomado alcohol, y en qué actúa el alcohol. Nosotros respondemos a los cómos, pero los cómos pueden llevarnos muy lejos, porque en el caso del universo, nos lleva al cómo ocurrió el Big Bang, que es muy importante, nos hace avanzar, y podemos llegar al infinitum. Yo no creo que haya en eso un antagonismo.
[Pablo Jáuregui]
Yo creo que cuando hablas de los periodistas —siempre además con prisa— que buscan el porqué y los culpables es algo que viene muchas veces en el editorial, en las páginas de opinión. Sobre el accidente de metro, o el caso escandaloso que sea, en el editorial se resume la información que se ha hecho sobre el cómo, y se busca al culpable. Lo que nunca he visto, o es muy insólito, es que en cualquier editorial de cualquier periódico, en España y en general, se cite, cuando se hace este tipo de análisis, literatura científica, por ejemplo, sobre el comportamiento humano. Esto es algo que yo admiro mucho en Arcadi: es de los pocos o quizá el único.
Es muy raro que los columnistas y formadores de opinión citen a científicos contemporáneos para analizar el comportamiento humano, qué lo determina y hasta qué punto lo determina. Cuando uno hace un editorial de un periódico que va a analizar por qué se ha producido cualquier fenómeno, lo que me gustaría, y con el tiempo podría ir por ese camino, es que los que están fabricando los editoriales sean un poco menos analfabetos sobre literatura científica que puede ser relevante para explicar cualquiera de los fenómenos que estamos analizando todos los días en las páginas de opinión.
Hoy en día hay además grandes obras de científicos que se han lanzado a la muy buena divulgación que te resumen el estado de la cuestión sobre el cerebro. Tener una cierta cultura científica sobre cómo funciona el cerebro debería ser quizás imprescindible para el periodista que va a hacer editoriales y artículos de opinión. Y hoy en día no es así: lo que tienes que saber es la cultura, muy importante, sobre el arte, la literatura. Si no sabes quién es Velázquez o Picasso el analfabetismo es absoluto, pero si no sabes quiénes son los grandes científicos no se mira tan mal. La ciencia es también una parte muy importante de la cultura, y el bagaje intelectual que hay que tener para analizar los hechos sociales. Creo que todavía en buena medida pecamos, probablemente casi todos, de analfabetismo científico.
[Carlos Belmonte]
Yo tengo una pregunta. No es que te quiera dar jabón, Arcadi, pero me he acordado de un artículo que escribiste de cuando aquella niña que mató a otra y la tuvo abandonada. Entonces escribiste un artículo que a mí me impresionó, porque es el que refleja lo que a mi juicio debe hacer un periodista con la información científica. Básicamente lo que decías es que era una niña que había matado a otra y que, en otras condiciones, si hubiera sido un chico, se hubiera considerado un problema de género, y que lo que había que aceptar es que el cerebro, concretamente las áreas que inhiben nuestras conductas y las que nos dan los valores éticos, puedan estar patológicamente alteradas, y que la única explicación que hay ahí es, al final, la de una patología cerebral que se daba en esas circunstancias. Que si no hubiera sido así, probablemente los análisis se hubieran dirigido en otra dirección.
A mi juicio, ésa es la manera como la información que proporciona la ciencia debe ser utilizada por la sociedad. Aprovechemos esa información para interpretar los datos de una manera más basada en elementos objetivos de cómo estamos hechos. En las reacciones sociales, si se les añade los estudios de cuáles son los componentes biológicos que hay detrás, por lo menos nos permite entender mejor lo que pasa. No quiere decir que lo vayamos a cambiar, porque muchas veces esas cosas son incambiables. Pero por lo menos las entendemos con un criterio menos mágico y voluntarista.
[Arcadi Espada]
Perfecto. Pero fíjate, Pablo, no solamente en los editoriales. Te voy a leer un titular que no he olvidado del diario El País al día siguiente de que unas niñas, también, mataran a una compañera suya en San Fernando, 24 horas después.

A las veinticuatro horas, en un titular. Lo que creo que le pasa a los periodistas, en este sentido, es que es como si tuvieran que renovar sus aparatos estilísticos. Todavía no hemos aprendido a hacer literatura con un gen, como si dijéramos, en cambio somos muy expertos en hacer literatura de la pobreza, o del ambiente. Es decir, cuando sucede un crimen es mucho más fácil llegarse al barrio y decir, pues ya ven, este hombre, perfectamente normal, por otra parte, que ha decapitado a su madre, la ha puesto en la olla, la ha puesto a cocer y se la ha comido; se comprende, porque vivía en una zona suburbial. Como si todo el mundo que vive en una zona suburbial se dedicara, naturalmente, a comerse a su madre. El periodismo se encuentra muy cómodo a la hora de llegarse a los suburbios y decir: «la mala vida, cómo destruye a las personas». No sucede, en cambio, a la hora de decir, «le faltaba litio», o «había una sinapsis». Ahí no hay todavía, por parte de los diarios, o de los periodistas, una capacidad de encontrar una prosa o un estilo. Tú también eres consciente de ello, porque te enfrentas cada día.
Hay algo que os quería plantear sobre el papel de los periódicos y la ciencia respecto a las decisiones éticas. Ese desdén que tú citabas de la ciencia respecto a los periódicos, está bien que se mantenga, incluso puede ser justificable en el plano puramente intelectual o especulativo. Pero hay algo que la ciencia necesita de los periódicos, y es el debate social. Porque la ciencia necesita que algunas decisiones sean autorizadas por el cuerpo social.
Hay algo que me parece preocupante que por lo menos la sociedad no se lo plantee. A todo el mundo le parece fantástico que la Unión Europea haya hecho una directiva en protección de los animales y limitando los experimentos con determinados animales que puedan favorecer a humanos. Queda muy bien decir que efectivamente los animales, no se llega a decir que tienen derechos, pero sí que tenemos con ellos unas obligaciones que está bien controlar. Pero lo que no nos dice la Unión Europea, o la directiva, que yo sepa por lo menos, es qué perdemos con esa protección de los animales. Porque si hemos hecho unos experimentos hasta ahora, y los dejamos de hacer, se supone que hay un debe y un haber. Quiero decirte con esto que ese es un caso en el que la ciencia necesita el periódico.
[Carlos Belmonte]
Yo estoy completamente de acuerdo, y los científicos se van concienciando, porque les sigue sin gustar, porque va contra su naturaleza. Divulgar culturalmente, para un científico, es en alguna medida mentir un poco, porque uno tiene que sacrificar lo que le parece tan importante que, insisto, es el detalle. Pero estoy totalmente de acuerdo en que no podemos vivir sin el apoyo de la sociedad, y sin la crítica de la sociedad. Los científicos no deben ser quienes tomen decisiones respecto al uso de los hallazgos científicos. Tiene que ser la sociedad. Nosotros no podemos decidir en absoluto, ni creo que podamos hacerlo bien, respecto a si es bueno o malo hacer estimulación cerebral profunda, que es una cosa que se está empezando a hacer en los tratamientos psiquiátricos, pero que se puede utilizar en términos recreativos. Tiene que ser la sociedad la que decida hasta dónde llega con esos hallazgos.
[Arcadi Espada]
¿Qué quieres decir con términos recreativos? Explícalo.
[Carlos Belmonte]
La estimulación ahora se está haciendo poniendo electrodos dentro del cerebro, pero hay magneto estimulación, que se hace desde fuera, y se pueden estimular unas áreas que son con las que tenemos unas sensaciones placenteras. Las mismas que estimulan las drogas de recreo, o drogas de abuso. Es decir, hay formas de manipulación del cerebro que en este momento nosotros tenemos como herramientas experimentales, que se pueden llevar a los seres humanos y que pueden tener unas consecuencias. Nosotros, en una entrevista haciendo imagen cerebral, el conocimiento de si un sujeto está mintiendo o no, si está ocultando algo o no, se puede afinar no al extremo de poder utilizarlo para condenarlo, pero sí en una entrevista de selección de personal. Tú puedes colocarlo enfrente de una serie de fotografías y saber si es una persona muy agresiva o no, por ejemplo. Pero, claro: ¿cómo se usa eso? No pueden ser los científicos los que decidan eso. Tiene que ser la sociedad la que decida con mecanismos sociales, o comités. Personas que evalúen las consecuencias sociales de los hallazgos científicos como se ha hecho con la energía atómica y otras tantas cosas.
Y luego, hay otro aspecto. Las sombras de la ciencia. Yo creo que la ciencia empieza a dar dinero. Antes, como decía, nos metíamos a científicos personas a las que no nos empujaba el interés económico, pero hoy en día encuentro cada vez más científicos que verdaderamente quieren hacer investigación para hacerse ricos. O por lo menos han descubierto desde dentro que se pueden hacer ricos e incluso famosos, porque hay una notoriedad a través de la prensa que la otorgáis vosotros. Y empezamos a tener científicos estrella que no son buenos científicos, o no son científicos de excelencia de acuerdo con nuestros valores, y que sin embargo la sociedad entroniza como héroes sociales. Y eso hace que la manera de actuar de los científicos se modifique en función de la búsqueda de esos dos objetivos que, en principio, no son los que debe seguir un científico: la búsqueda de la notoriedad no vinculada a su trabajo directamente, o la búsqueda de la riqueza. Es muy legítimo, me parece muy bien que si hacemos una patente fenomenal al final tengamos una vejez relajada. Pero salvo los que trabajen decididamente en esa dirección, no creo que ése deba ser el objetivo de una parte de los científicos fundamentales, que intentan entender el mundo sin condicionantes.
[Pablo Jáuregui]
Para mí está clarísimo que la comunidad científica española, con respecto a la anglosajona, sigue siendo increíblemente tímida y reservada, con cierta alergia a los medios. Yo creo que está claro que parte de la culpa la pueden tener los propios periodistas, con malas experiencias de comunicación, tergiversación del mensaje, etc. Creo se va mejorando la confianza, o esperamos que vaya mejorando, pero seguimos estando a leguas de un caso como el anglosajón, que tiene mucha más tradición.
Hay otro dato que has comentado, que no creo que sea general. En la comunidad científica española no es que dé prestigio: es que muchas veces es un desprestigio. El protagonismo que pueda buscar un científico enseguida se mira mal, y se le puede crucificar simplemente por acercarse a los micrófonos. Y eso ocurre en temas como los que comentas de los animales, o del medio ambiente. El espacio público, en esos temas, está absolutamente ocupado y monopolizado por activistas ambientales, y la comunidad científica no se mete. Hay una timidez, o una reserva, o les da asquito hablar con periodistas. Pero al final lo que produce, como el caso citado, es un perjuicio al discurso científico, que puede plantear algunas cuestiones o explicar ciertas cosas. La comunidad científica tiene que tener un poco más de valentía. No sé hasta qué punto es cierto que sigue habiendo un estigma para el que se acerca a los medios en la universidad española. Me da a veces esa sensación.
[Carlos Belmonte]
Yo creo que hay miedo. De todas maneras, en nuestro país, trillamos a los ganadores. Me llama la atención que en Estados Unidos machacan a los perdedores y en España machacamos a los ganadores. En cuanto alguien destaca, se lo tiene que hacer perdonar de inmediato. Y en el mundo científico, que tiene un sentido crítico muy desarrollado, si lo juntas con nuestra idiosincrasia puede llegar a ser tremendo. Hay un joven científico en mi instituto que es brillantísimo —no voy a decir su nombre para que no lo trillen—, que tiene una presencia a nivel mundial muy alta. El otro día yo le decía: «Di que tienes una úlcera en el estómago, que te está yendo demasiado bien». Porque si no, la gente empieza con la envidia española, y es que somos así. Qué difícil es mantener a alguien en la cúpula. A los científicos o se nos ha glorificado o se nos ha ignorado. Pero eso de mantener un tono, como tú pretendes, me parece estupendo. Estoy totalmente de acuerdo con tu análisis. Se dejan espacios a otros, que malutilizan la información científica.
[Pablo Jáuregui]
Muy pocos científicos están escribiendo en algunas páginas de opinión en las páginas de los grandes periódicos.
[Carlos Belmonte]
¡Tampoco nos aceptan los artículos!
[Arcadi Espada]
Una cuestión que nos interesa mucho a los periodistas, también sobre el libre albedrío. Si el noventa por cien de nuestra actividad está condicionada por algo que no controlamos, se supone que en ese noventa por cien hay una amplia parcela dedicada al mal. Es decir, uno de los campos deontológicos más peligrosos en estos momentos para el análisis es hasta qué punto un psicópata, un delincuente cualquiera, debe ser tratado como un enfermo, y por lo tanto no debe ser castigado, o encerrado, sino rehabilitado en la medida que pueda serlo. La pregunta concreta es ¿hasta qué punto las investigaciones, hoy, permiten asegurar que en un plazo relativamente corto los códigos penales van a quedar envejecidos?
[Carlos Belmonte]
Yo creo que van a quedar envejecidos. Siempre rehuyo dar fechas de éxitos científicos, porque suele haber unos fallos lamentables en esas predicciones, pero creo que una de las consecuencias de la investigación del cerebro en particular va a ser que van a cambiar radicalmente los conceptos de responsabilidad penal, de culpa. Para el científico el mal tampoco existe, lo que llamamos el mal, lo que es socialmente inútil, y además, los términos son muy nebulosos. Una persona que comete un delito de agresión, personas que son muy agresivas pueden ser socialmente inútiles o pueden terminar siendo presidentes de un gran banco. Depende de dónde los coloques, en un contexto determinado, determinadas conductas son útiles y otras no.
De manera que, precisamente, la aproximación de la ciencia es decir: señores, reconozcamos que eso es así, si es inútil, y lo que podrá decir la ciencia es en qué medida es resoluble o no. Y si no es resoluble algo hay que hacer, como con tantos otros problemas que tenemos. Pero que no se intente además retorcerle el brazo para que le duela en venganza porque es un pederasta, porque a lo mejor tiene un tumor que le está empujando a esas conductas.
Mi argumento es que lo que puede hacer la ciencia es darle un poquito más de objetividad, pero sin que acabemos utilizándola como una herramienta incontrovertible de decisión, porque eso es muy peligroso también. Cada vez hay más penalistas: nosotros tenemos a uno haciendo la tesis en el Instituto de Neurociencias. Porque realmente, para ellos es fundamental poder objetivar algunas de las cosas que les dicen: si actuó bajo un impulso irresistible o no. Pues eso poco a poco, con imagen cerebral, se está empezando a poder colocar a las personas en situaciones experimentales en las cuales se ve cómo reaccionan. Y hay una enzima, la catecol-O-metil transferasa (COMT), que la tenemos más altas los hombres que las mujeres. Pero además, los que las tienen más alta responden mucho más agresivamente a situaciones en las cuales uno tiene que ser agresivo, pero ellos lo son tres veces más que los que la tienen baja. Y los hombres, en conjunto, la tenemos significativamente más alta que las mujeres. Son datos que yo espero que vayan siendo incorporados. Pero insisto, no tienen que ser los científicos los que lo hagan. Ahí está la información, y que sea la sociedad la que decide cómo la utiliza.


Enlaces de interés