[Arcadi Espada]
Tenemos hoy la obligación y la devoción de hablar del viejo y del nuevo periodismo, es decir de la noticia digital y la noticia clásica, como hemos titulado esta nueva conversación.
Para ello tenemos dos excelentes periodistas que incumplen —ya saben ustedes que la excepción confirma la regla— el rígido planteamiento civil/militar que he mantenido hasta la fecha, pero siempre hay que dar un margen a la excepción. Yo no sabría decir entre José Pardina y Xavier Pericay cuál de los dos es civil y cuál de los dos es militar. Digamos que conforman los dos una cierta bigamia castrense y civil. En cualquier caso, son dos personas que han reflexionado y trabajado cada uno de ellos en sus campos, desde hace mucho tiempo, con acierto y hondura.
Xavier Pericay, que además es amigo mío desde hace muchos años, ha hecho un trabajo de un valor enorme respecto a la recuperación y puesta en solfa actual, vivísima, de la enorme generación del periodismo de entreguerras español. A él se le deben asuntos de una magnitud cultural regeneracionista tan importantes como la traducción al castellano, —sin subvención de la Generalitat de Cataluña, por supuesto—, de los diarios completos de Josep Pla, que suponen sin ninguna duda una de las cimas de la literatura europea. O bien el volumen de extraordinario impacto que supuso en su momento Cuatro Historias de la República, donde recogía y prologaba con singular penetración y acierto cuatro grandes periodistas de esa época: Camba, Pla, Gaziel y nuestro querido Manolo Chaves.

Al otro lado de la mesa, mi también muy querido José Pardina, que es director de una revista cuyo título lo dice todo inteligentemente: Muy Interesante. Desde luego, ese pleonasmo es mucho más inteligente que aquellos que consisten en llamarle a la revista La Revista o al periódico El Periódico. Si hay que hacer pleonasmos, ya partimos derechos hacia la valoración de lo que la revista supone. En cualquier caso, ayer, en la fascinante conversación sobre ciencia que tuvimos con Pablo Jáuregui y Carlos Belmonte, hablaron largo y tendido sobre la necesidad de que la ciencia no sea solamente una sección de los periódicos generalistas, más o menos vinculada con el espectáculo, o con la novedad. Lo importante es que la ciencia sea un punto de vista sobre lo real, que de modo transversal explique el mundo de la política, la economía, la ciencia misma e incluso el deporte.
Muy Interesante no es una revista científica. Es una revista que aplica a la vida el principio del método científico que es nuestro único consuelo. Tiene la palabra, se la doy con mucho gusto, José Pardina.
[José Pardina]
Cuando Arcadi nos encargó esta conversación, delimitó nuestras áreas temáticas y nuestros papeles positivos entre Xavier y yo para hablar de la noticia clásica y la noticia digital, y a mí me adjudicó el asunto de la noticia digital. Van a ver que no lo voy a hacer ni con un iPad, ni con una tableta ni con un PowerPoint. Tengo un amigo que dice que el poder corrompe, que el PowerPoint corrompe absolutamente.
Les voy a hablar del último invento del periodismo digital, o pseudoperiodismo digital, que son las granjas de contenido. Hasta el advenimiento de San Google, a finales del siglo XX, el concepto de noticia estaba muy claro para todos los que nos dedicábamos al periodismo. Noticia era la transformación de un hecho en información, que posteriormente era organizada, editada, jerarquizada por intermediarios —los periodistas— para luego ser distribuida a través de diarios, según diferentes periodicidades, boletines o informativos de radio o televisión. Tras un proceso de cierre, esto era la noticia y el periodismo clásico.
La lectura del periódico, para algunos de nosotros y para mí en concreto, era casi un rito. Yo me acuerdo cuando me fui de casa, a finales de los 70, a estudiar a la Universidad. Mi padre solo me dio un consejo: compra y lee el periódico cada día; le daba igual qué periódico fuera. Y es que entonces los periódicos eran no solamente contenedores de información, por supuesto, sino también organizadores de la realidad. Los periódicos pautaban el guión de lo que era importante y establecían un consenso social que daba sentido al caos de lo que eran las cosas. Yo recuerdo que yo no leía, por falta de afición, la sección de deportes, pero era consciente de la importancia que tenían los deportes, dado que el volumen de páginas que La Vanguardia dedicaba a los acontecimientos deportivos era excesivo para mí, pero consistentemente claro. Por no hablar de la relación emocional y casi física que los lectores de un periódico determinado establecían con él y sobre todo el rito del periódico los domingos por la mañana. Con ligeras variantes, la cosa tenía su metodología, su modelo de negocio, su canon de excelencia y funcionó razonablemente bien durante casi un siglo.

Casi todos los que estamos aquí hemos llegado al periodismo a tiempo para asistir desde las primeras filas a la profundísima transformación que ha sufrido el oficio de la fabricación de noticias, y todo eso en mucho menos de una década. Tengamos en cuenta que cuando se producen los acontecimientos del 11-S, Wikipedia acaba de nacer: ese gran departamento de documentación global, que lamentable o afortunadamente es indispensable en las redacciones hoy. Todavía tendría que pasar un lustro hasta que llegasen YouTube o Facebook, y Twitter no ha cumplido todavía cinco años [2010].
Hemos sido espectadores del cambio y también, en cierto sentido, estamos siendo agentes de esa transformación. Más o menos activos, más o menos escépticos, casi siempre perplejos, y creo que siempre un poco sobrepasados por la velocidad y el nivel de los cambios. Personalmente, creo que las grandes cuestiones teóricas, prácticas y morales que afectan al periodismo permanecen intactas y están vigentes en el universo de lo que podríamos llamar la noticia digital. Me refiero a lo que es la buena y la mala praxis, la veracidad de los hechos, el estilo, las primicias y las exclusivas, los géneros, las fuentes, el periodismo de declaraciones, las versiones, los datos, las opiniones… Todo eso sigue igual de candente. Y también creo que la esencia del periodismo no ha cambiado de lo que podríamos llamar periodismo clásico al periodismo digital. La esencia del periodismo sería contar historias verdaderas. Pero también estoy convencido de que es en los terrenos tecnológico y empresarial donde los cambios producidos, la velocidad y la incesante producción de cambios están formando el oficio, la profesión y el periodismo en sí.
En el lado tecnológico, desde el nuevo Google Instant que acaba de lanzarse hace un mes, hasta los feeds de lectura, el formato de lectura en tabletas, del iPad y todas las que han salido, el flujo de información a través de la escritura digital, el hipertexto, la ingenería SEO/SEM, la desaparición del formato, la interactividad, las redes sociales, el microblogging… Todo esto ha transformado desde un punto de vista de herramienta tecnológica el periodismo.
Y también desde el punto de vista empresarial: el debate que sigue permanente entre el pago por contenidos, la retribución colaborativa, el gratis total, la web abierta, la web cerrada, las plataformas cerradas… El resultado es que el famoso modelo de periodismo clásico (a más lectores, más audiencia, y por tanto más publicidad y más ingresos y la posibilidad de mantener un precio de venta bajo o una cadena de radio y televisión por la financiación de la publicidad) ha saltado por los aires, y todos andamos en busca de un nuevo modelo de negocio.
¿Saben ustedes cuáles son hoy los puestos de trabajo y los perfiles profesionales más demandados en cualquier empresa de medios de comunicación, grande o pequeña, clásica o de nueva creación? En la mía, por ejemplo. Una gran compañía multinacional de producción y distribución de revistas con casi diez mil trabajadores; con diarios, libros, televisión y música, con presencia en todo el mundo y 175 años de antigüedad. Una empresa que empezó fabricando biblias.
Los puestos de trabajo solicitados últimamente son: gestores de comunidades, especialistas SEO/SEM, expertos en posicionamiento en marketing de buscadores, expertos en Social Media, planificación de Social Media, managers de pago por clic, desarrolladores multimedia, desarrolladores multisoporte/multiplataforma, analistas de eye tracking, programadores y editores online, expertos en marketing viral y web 2.0, especialistas en crossmedia y analistas transversales, expertos en herramientas de medición de ruido…
Han visto que no he dicho redactores, y no he dicho periodistas. Pero claro que hacen falta redactores, o escribidores de contenido, y también de noticias, y grabadores de vídeo. No necesariamente buenos periodistas, según estas pautas de búsqueda de skills profesionales. Porque lo cierto es que en el ecosistema informativo actual y en el mercado de los medios existen hoy muchos más redactores y editores de los que hacen falta en el modelo de negocio tradicional. Como resultado, decenas de miles de periodistas en el mundo anglosajón y civilizado, y también en España, han perdido sus trabajos en los últimos cinco años, al mismo tiempo que millones de blogueros, periodistas y pseudoperiodistas ciudadanos y escribidores espontáneos se han dedicado a inundar la red con un auténtico diluvio de contenido —noticioso, a veces—, de muy diversa calidad. No voy a decir que son siempre malos. La mayoría de las veces es contenido basura, pero a veces hay contenidos que, si no calificaría de excelentes, sí podría decir que son de buena calidad.
Y ahora, para colmo, llegan lo que se llaman las granjas de contenidos, las content farms. Si el periódico clásico era la sede de la noticia, el organizador de la información, el artefacto intelectual y empresarial que la gente jerarquizaba y distribuía, la granja de contenidos pugna hoy por convertirse en el nuevo contenedor de noticias digitales por excelencia.
¿Qué es una content farm? El término, que tiene connotaciones peyorativas y desdeñosas, ha sido acuñado por un periodista clásico, un analista de medios del New York Times, Richard MacManus. Las content farms no se refieren a sí mismas como «granjas de noticias» o «granjas de contenidos». Se refieren como «webs de conocimiento e información» o «sitios de colaboraciones de calidad», «ecosistemas de contenido web». Las granjas de contenidos son un nuevo tipo de empresas de comunicación online que utilizan un gran número de colaboradores externos para producir cantidades de contenido textual y videográfico a la carta. Son auténticas fábricas de noticias digitales. Buscan maximizar la cantidad de contenidos disponibles en áreas donde no existen, creando artículos específicamente diseñados para ser encontrados e indexados por Google y otros buscadores y agregadores, generando millones de clics de usuarios y minimizando los costes de producción mediante la adquisición de tráfico orgánico.
Ya saben ustedes que éste se consigue de forma natural, con intención de convertir ese tráfico en ingresos publicitarios. Está claro que bajo estas premisas la cantidad prima sobre la calidad. La más popular y exitosa granja de contenidos en el mundillo de internet se llama Demand Media, creada el año pasado por Richard Rosenblatt, antiguo fundador de MySpace, una red social ahora en decadencia. Un señor que tiene, por supuesto, menos de cuarenta años. Demand Media puede servir además de ejemplo de funcionamiento de este tipo de compañías. «Una combinación de ciencia y arte», dicen ellos de sí mismos, según una definición poco humilde. Demand Media es una máquina de noticias actuales.
Solo este verano ha venido publicando entre 6.000 y 8.000 artículos al día a un ritmo creciente. Tengamos en cuenta que con su actual cadencia de producción pronto llegarán al millón de artículos al mes. La Wikipedia en inglés tiene tres millones de artículos, para que nos podamos hacer una idea del volumen. Han grabado ya 170.000 vídeos de tres minutos de duración, el doble que las cinco primeras cadenas de televisión en Estados Unidos en producción videográfica; de hecho es la principal suministradora de vídeos en YouTube. Llegan a subir de 15.000 a 20.000 nuevos vídeos al mes. Demand Media crea un enorme volumen de contenido especializado, también llamado «contenido nicho», o «contenido útil», sin excesiva hondura o interés periodístico, destinado a los buscadores, que convierte en viral mediante un agoritmo propio de software social y más de un centenar de webs asociadas (esto es importante): eHow, Livestrong, Cracked… son muy populares en Estados Unidos.
Obtiene sus ingresos con la publicidad situacional, y gana mucho dinero. Es una máquina de generar vistas a partir del trabajo de miles de editores y redactores freelance con un gran impacto a pesar de su exigua calidad. ¿Cómo lo consigue? La empresa utiliza un algoritmo propio —esa es su arma secreta— que identifica los temas con alto valor publicitario a partir de cálculos que integran cada día el análisis de unas dos mil millones de búsquedas de las palabras clave más usadas por los anunciantes y de la oferta clave de la competencia, porque hay otras granjas de contenidos, ahora se las citaré.
Un segundo algoritmo titula todos estos materiales en función del contenido y las palabras más buscadas en ese momento en la red, tras el rastreo automático de las consultas del público. Me interesa destacar que Demand Media cuenta ya con un ejército de diez mil colaboradores fijos freelance que, ojo, deben acreditar previamente una licenciatura universitaria, experiencia demostrable en escritura y un cierto nivel de especialización en al menos un área temática. Ya adivinarán cuál era el trabajo de la mayoría de los diez mil —iba a decir granjeros— pollos de la granja. Por supuesto, Demand Media gestiona datos e información, no periodismo. Y sus algoritmos de tecnología mandan frente a los periodistas y editores. Pero también está fuera de duda que su cuenta de resultados funciona.
Demand Media no es la única empresa. Rastreando estos días, encontré: Associated Content, recién adquirida por Yahoo! por cien millones de dólares, con dos millones y medio de artículos y vídeos. Answers.com se autocalifica como «el mayor sitio de información del mundo». Helium, «donde reina el conocimiento» —éstos son sus mottos, sus logos—. La nueva AOL, después de su secesión de Time Warner. Y atención: Suite101 «la web de las colaboraciones y contenidos de caliadad», se autodefine, ya está en español en francés y en alemán. Les invito a visitarla, sobre todo la parte de «Preguntas más frecuentes».
Como se ve, el éxito de las granjas de contenidos se apoya en un trípode, nada simple, pero basado en herramientas de social media, capacidad de generar contenidos variados a bajísimo coste y una amplia red de webs asociadas y distribuidores. Pero la gran novedad en estos contenidos generados por el híbrido robot/usuario —robot de crackeado de datos— es que estamos hablando, casi por primera vez en este tipo de negocio, de artículos pagados a los autores.
Un colaborador de Demand Media puede obtener desde un mínimo de 5 dólares hasta un máximo de 25 dólares por artículo, según el número de clics, de visitas y de páginas vistas. Un vídeo se paga a 20 dólares por artículo. Y la calidad, ya lo hemos sugerido, es poca, tirando a baja: lo que las normas de estilo de la casa llaman good enough (suficiente). Ese good enough se chequea en un control central de edición por teletrabajo. Ahí se chequea digitalmente para evitar, fundamentalmente, el plagio y el corta y pega. Ese es el good enough. Por supuesto, esto no tiene nada que ver con el periodismo de excelencia, ni se trata de contenidos de calidad, pero funciona como modelo de negocio e información online.
A Arcadi le gusta decir que el periodismo siempre debe comprarse, que nunca debe venderse, y le resulta impensable que la gente no cobre por su trabajo. Todos estamos de acuerdo en esa premisa básica. El caso es que todos estos productores de contenido digital cobran por su escritura. Cobran poco y mal, pero cobran. Me planteaba, al hablar de las granjas de contenidos porque es el último hito en la red, qué tendría que ver con el periodismo digital. Poco por ahora, pero quizás cada vez más en el futuro. Quizás es una tendencia. De momento, algunos periódicos clásicos ya están empezando a externalizar sus contenidos hacia Demand Media.
Por ejemplo, USA Today, el único diario auténticamente nacional en Estados Unidos, acaba de tomar la decisión editorial de comprar a Demand Media su sección de viajes al completo: críticas de usuarios, consejos, vídeos y experiencias, y una sección muy seguida antes que se llamaba Travel Tips, ahora la compra y la externaliza con Demand Media.

Algunas revistas analógicas retoman una vieja idea del periodismo que es ahorrarse costes de redacción pagando grandes premios a lectores que quieran ser escritores. Hay una revista, Take a Break, la revista femenina más popular en Reino Unido, que invierte 32.000 libras a la semana en las mejores historias de amor y vida enviadas por las lectoras. Por supuesto, recorta plantillas por otro lado.
En el lado positivo también existen medios como Politico o Mainstream Connect, que se centran en contenidos de calidad y que también contratan colaboraciones externas, pero a partir de un modelo que no está basado en algoritmos robóticos sino que combinan los criterios tradicionales de selección periodística. A mí, todo el funcionamiento de estas granjas de noticias me recuerda mucho a aquellos primitivos sistemas de trabajo a domicilio del pedido artesanal, de emergencia del capitalismo, donde las señoras cosían en casa y pasaban a recoger las prendas.
Pero lo que sí veo es que si antes la redacción de un periódico era la sede de la noticia, la granja de contenidos es una especie de sala de redacción global, que ya no es regida por un redactor severo o por un director estrella caprichoso, o por una línea editorial definida, sino por la ingeniería SEO más sofisticada aplicada, por robots de algoritmo de búsqueda, al potencial de ingresos publicitarios de una información determinada. Los lectores, por supuesto, quedan convertidos en meros usuarios, en followers o seguidores, cosa que no sé por qué nos extraña cuando algunos grandes diarios digitales españoles ya clasifican sus noticias según las más leídas, las más votadas, las más comentadas, las más enviadas… Una clasificación puramente cuantitativa y estadística.
La verdadera cuestión que yo quería hoy traer sobre la mesa es si tenemos algo que aprender los medios y los periodistas clásicos de fenómenos como las granjas de contenido. Yo creo que sí, y por supuesto no estoy hablando del periodismo basura. Por encima de cualquier otra consideración me gustaría dejar claro que debemos aprender a usar estas tecnologías en nuestro provecho para aumentar nuestra propia eficiencia como periodistas. Yo veo en mi entorno profesional y laboral a muchos colegas que me dicen que no tienen blog porque no tienen tiempo, ni cuenta en Twitter, porque eso es para adolescentes; que no usan los feeds de lectura RSS. Creo que esto es un error. Personalmente, estoy convencido de que seguirá existiendo el periodismo de calidad, pero que será digital y que requerirá de todos nosotros el aprendizaje, el uso y el manejo de todas estas herramientas digitales. Tenemos que usar la tecnología, tenemos que equivocarnos con la tecnología y tenemos que practicar el ensayo y error, pero al final, como periodistas, debemos interesarnos y conocer los cambios, y trabajar con las herramientas de este oficio.
Me han dicho que aquí hay algunos estudiantes. Si les gusta el periodismo, si les apasionan sus oficios, si quieren hacer mejor sus trabajos o no perderlos, deberían interesarse por usar todos los recursos que la tecnología digital pone a su alcance para hacer mejor su oficio.
[Xavier Pericay]
Me van a permitir que empiece sincerándome. Cuando Arcadi Espada me propuso participar en este curso, me pareció entender que lo que quería de mí era que hablara, sobre todo, del viejo periodismo. Luego, cuando recibí el programa y vi que el título de la conversación era «La Noticia Clásica y la Noticia Digital», tuve alguna duda sobre el propósito. ¿Qué significaba «la noticia clásica»? ¿La que no era digital? O sea, ¿la que sigue manifestándose en soportes diversos —prensa escrita, radio, televisión—, excepto en la red?
De ser así, es evidente que el viejo periodismo no sería sino un fragmento de ese largo periodo en el que se ha ido fraguando la noticia clásica. Pongamos que el fragmento inicial, el que arranca en el último tercio del siglo XIX y llega hasta mediados del siglo XX. O, si lo prefieren, el que desaparece —o empieza a desaparecer— con la llegada de la televisión. Y, junto a ese fragmento, habría otro al que podríamos llamar —con motivo— «el nuevo periodismo», que iría, más o menos, desde mediados del siglo veinte, o algo más tarde, quizá, hasta la actualidad.
Perdonen que les abrume con tanta taxonomía, pero enseguida verán a donde quiero ir a parar. Aunque no se me escapa que la afirmación puede resultar controvertida, yo creo que el punto de inflexión entre la noticia clásica y la digital no se da, por absurdo que pueda parecer, con la aparición de internet y de todo lo que internet conlleva, sino con la aparición de la televisión. O sea, por seguir con la taxonomía, con la desaparición del viejo periodismo y la aparición del nuevo. Voy a tratar de explicarme.
La historia del periodismo es inseparable de la historia y la evolución de la ciencia y la tecnología. Y ello tanto desde el punto de vista de la producción, como de la transmisión o del consumo. A lo largo de este largo siglo al que me he referido hace un momento, el tiempo transcurrido entre la producción de la noticia y su consumo se ha ido reduciendo más y más. Lo que equivale a decir que el tiempo invertido en la transmisión de esa noticia ha tendido a cero. La radio constituyó el primer paso.

Gaziel, Agustín Calvet, el que fuera el director de La Vanguardia, durante el primer tercio de siglo aproximadamente, escribió un precioso artículo, de 1923 que se titulaba «T.S.H.», telefonía sin hilos, que es como se conocía entonces la radio, y recogía la impresión que les había producido, a él y a unos cuantos amigos, escuchar en un piso del Ensanche barcelonés un concierto que se estaba celebrando en aquel mismo momento en París. Esa impresión fantástica de inmediatez, de instantaneidad, de simultaneidad. O sea, el primer indicio de la superación de la distancia. En este artículo Gaziel, que era un hombre muy marcado por la Primera Guerra Mundial, y por haber estado en los frentes de batalla, hablaba también de la parte «mala» de la ciencia, la tecnología y la evolución, de esa parte «destructiva» que puede tener también, según en qué manos esté. Pero lo que primaba aquí era esa primera parte en la que él se queda maravillado, extasiado ante la novedad, y sobre todo la instantaneidad.
Eso, claro, era sólo música. Faltaba la imagen. O, lo que es lo mismo, faltaba la televisión. Ahora sí, con la televisión, la idea del directo, la percepción de que el mundo estaba ahí mismo, frente a uno, al alcance de los ojos, sin barrera alguna que se entrometiera entre ambas instancias —el mundo y uno mismo—, era ya una realidad. Y esa realidad se daba de bruces con lo que había sido hasta entonces el periodismo. Por eso les decía yo antes que la aparición de la televisión coincide, para mí, con el final del viejo periodismo. Y por eso les indicaba también que ese corte en el tiempo constituye ya un anticipo de lo que será, medio siglo más tarde, la noticia digital —una suerte de protonoticia digital, si quieren—. La noticia clásica, la noticia característica del viejo periodismo, era toda distancia. En el futuro, esa distancia no hará más que acortarse hasta alcanzar, gracias a la ciencia y a la tecnología, lo que Arcadi Espada ha definido, con una feliz metáfora, como «la electricidad». Un estadio, el actual, que podemos dar ya como definitivo. Entre otras razones, porque difícilmente lograremos reducir aún más lo que no posee ya distancia alguna.

Hace cosa de un siglo, la distancia era inherente al periodismo. La lectura del periódico consistía, básicamente, en un ejercicio de aproximación. El periodista —el reportero, en concreto— acercaba el mundo al lector. En el espacio y en el tiempo. Y el lector, gracias al periódico, se acercaba al mundo. Aquel periodismo tendía puentes. El de hoy no puede tender ninguno, porque ya no hay nada que cruzar. En noviembre de 1917, Sofía Casanova se encontraba en San Petersburgo, a donde había llegado procedente de Polonia, su lugar de residencia. Casanova trabajaba como corresponsal para el periódico ABC y estaba, pues, en su sitio. Escribió sus crónicas sobre la Revolución de Octubre a medida que esta se iba desarrollando. O sea, los días 7, 8, 9 y 10 de noviembre. El diario las publicó dos meses y medio más tarde, los días 19, 20, 21 y 22 de enero de 1918. Era habitual, nadie se sorprendía por ello. Por supuesto, la demora tenía que ver con la dificultad de sacar de allí aquellos textos y hacer que llegaran hasta Madrid. Para un corresponsal, no había en aquellos años otro medio de transmisión que el correo postal. Y, en una revolución en curso —a la que se añadía, no lo olvidemos, una Europa en guerra—, esas dificultades no hacían más que aumentar.
Claro que los lectores del periódico, cuando leían las crónicas de Sofía Casanova, algo sabían ya de lo ocurrido dos meses y medio antes en Rusia. Así, en la edición de ABC del 9 de noviembre de 1917, en la tercera página, encabezando el acostumbrado artículo de opinión o la no menos acostumbrada crónica de corresponsal, figuraba, a un lado y otro de la cabecera y a modo de frontispicio, la siguiente advertencia: «De todo el mundo, por correo, cable, telégrafo y teléfono». En España no todos podían presumir de esta leyenda, solo podía hacerlo en aquel momento otro periódico, La Vanguardia, para que vean lo importante que era poder ostentar ese crédito en la cabecera.
Y en ese mismo ejemplar del 9 de noviembre, algo más allá, en la página 7, estaba la prueba de que la leyenda anterior no constituía ningún farol. Bajo el epígrafe «La situación en Rusia», podían leerse tres telegramas de agencia —de la agencia Havas, con toda probabilidad—, fechados en París el día anterior y datados a las 4 de la tarde, a las 5 de la tarde y a las 11 de la noche, respectivamente. Sus títulos respectivos eran: «Destitución del Gobierno», «Los maximalistas, dueños de la capital» y «Noticias confirmadas».
Aunque hoy en día esos tres telegramas aparecerían fundidos en uno solo, con un título único, en aquel entonces era habitual ir componiéndolos en la página uno tras otro, siguiendo el propio orden de emisión. A veces, esos viejos periódicos publicaban páginas con verdaderas ristras de telegramas. Bien mirado es lo que ocurre en el periodismo digital, que con la actualización permanente de las noticias acaba dejando una huella parecida. Para entendernos, sería como una ristra de backups. Sea como sea, el periódico había informado de los sucesos de San Petersburgo, por voz sucinta e interpuesta, dos días más tarde de que esos sucesos tuvieran lugar. El lector, pues, estaba sobre aviso. Pero, como es lógico, lo contenido en aquellos telegramas y en los que fueron apareciendo en fechas sucesivas, no podía dar cuenta exactamente de lo ocurrido en Rusia en aquellos diez días que estremecieron al mundo. Para ello, hubo de esperar a que el diario publicara las crónicas de Sofía Casanova. O sea, las crónicas de alguien que estuvo allí. Lo que significa que el lector de ABC tardó dos meses y medio en empezar a hacerse cargo de lo que había sido aquella revolución. No importaba. Estaba acostumbrado. El periodismo era esto: distancia. En el espacio y en el tiempo. Es decir, mediación. Lo importante es que alguien estaba allí. Alguien acreditado, por supuesto. Alguien capaz de trasladar, con la palabra, unos hechos. De darles sentido. De acercar el mundo a los lectores.
En el fondo, en los tiempos del viejo periodismo —o sea, con la noticia clásica—, la mayoría de los lectores no viajaban si no era a través del periódico. Cuando hablo de viajar me refiero, por supuesto, a los grandes viajes, a los que permiten conocer mundo, no a los veraneos en la sierra o cerca del mar. Antes de la llegada del televisor, el uso del avión era sumamente restringido. Los pocos que viajaban lo hacían en barco o en tren. Y, aunque es verdad que poco a poco esos pocos fueron creciendo, el viaje seguía siendo algo excepcional, reservado a los que tenían posibles y a unos cuantos privilegiados que, sin tenerlos, podían, por razones profesionales, ir de acá para allá. Entre esos privilegiados estaban los periodistas. No todos: algunos periodistas. Los corresponsales, por ejemplo. O los enviados especiales. O los cronistas viajeros, que era como llamaban en la prensa a esa especie en los años veinte y treinta del pasado siglo. En realidad, en aquellos tiempos muchos jóvenes entraban en el periodismo con la esperanza de viajar, de ver mundo. Es posible que hoy también sea así, pero no hay duda que nuestros jóvenes, muy a menudo, han recorrido ya a su edad más kilómetros de los que podía recorrer entonces un individuo normal y corriente en toda su vida.


Entre quienes aprovecharon a fondo esa oportunidad del viaje estaba Julio Camba. Ningún otro periodista español viajó tanto en el primer tercio de siglo. Lo importante para Camba —como para Eugenio Xammar, otro de los que no pararon quietos en aquellos años— era alejarse de España, poner tierra, mar o aire de por medio. Y desde cualquier parte del mundo, escribir sobre lo que veía y oía, pero siempre con España al fondo. De vez en cuando Camba —sin duda alguna el periodista español más leído de su tiempo— recogía esos artículos en un libro. O se los recogía un editor. Aventuras de una peseta, publicado en 1923, es uno de estos libros. Tiene un prólogo ejemplar —«Advertencia leal contra los libros de viaje»—. En él Camba reflexiona sobre el oficio. A su juicio, pese a que «hay quien envidia la suerte del escritor viajero» —o sea, la suya—, no existen motivos para ello. He aquí su razonamiento:
(…) en este mundo, y supongo que en todos, el pobre escritor no ve más cosa que una: artículos. Para la mayoría de las gentes, el desierto es el desierto, y el bosque es el bosque. Para el escritor, en cambio, el desierto es una crónica, y el bosque es otra crónica. Usted, amigo lector, me deja a mí frente al mar, pongamos por caso, mientras va a darse un pequeño paseo, y cuando vuelva, ¿qué creerá usted que he hecho yo con la azul inmensidad? Pues exactamente lo mismo que hubiera hecho con una iglesia románica, con un par de calcetines, con un discurso del señor Lerroux, con una puesta de sol o con un nuevo procedimiento para combatir la tuberculosis: la habré cogido y la habré transformado, reduciéndola a una superficie literaria de 150 centímetros cuadrados, poco más o menos.
Nada es como es, sino como nos lo representamos, y el escritor colocado ante una cosa cualquiera, no la ve o la ve en forma de artículo.
Pues bien, ese mundo platónicamente representado, que no es como es, es el único mundo que la inmensa mayoría de los lectores de entonces alcanzaban a conocer. Y esta era la función del periódico: acercarles ese mundo —aunque fuera en un comprimido—, mediar entre ellos y la realidad. La noticia clásica, la que un reportero o un cronista eran capaces de elaborar a pie de obra, constituía, pues, un puente imprescindible. Ante un relato, ante una crónica, al lector no le quedaba más remedio que irse representando lo que leía, que ir viviendo lo que otro había vivido en su lugar. Aquel periodismo era distancia. Distancia felizmente salvada.
Y a esa pasión por conocer el mundo se unía la pasión por conocer los grandes inventos que permitían conocer el mundo —la noticia no podía disociarse de la ciencia—. Los diarios de aquellos años están llenos de reportajes sobre travesías transoceánicas. En la década de los veinte lo que se llevaba, claro, era el avión. Constituía la gran novedad. De nuevo la distancia, la distancia felizmente salvada. Pero a los aviones, entonces, no se subía mucha gente. Era un lujo al alcance de pocos. Todo lo más, de cuatro potentados y de algún que otro ciudadano intrépido. Entre estos últimos estaban, de nuevo, los periodistas. Y los periódicos, claro. La fórmula era sencilla: meter a un periodista en un avión y ponerlo a dar la vuelta al mundo —o a una parte del mundo— para que lo fuera contando. En el periódico, claro. Y para que los lectores fueran viajando también, a través de él, y conociendo mundo.

Es lo que hizo el Heraldo de Madrid, en 1928, con Manuel Chaves Nogales. Aunque el pionero en estas lides fue Corpus Barga, quien realizó, al término de la Primera Guerra Mundial, un viaje en aeroplano de París a Madrid, y lo contó en El Sol. Les decía que el Heraldo había metido a Chaves en un avión para que contara a los lectores del periódico lo que iba viendo y viviendo, y quizá sería más exacto decir que Chaves se metió en el avión con el consentimiento entusiasta del director, Manuel Fontdevila. Y es que Chaves, por entonces, mandaba ya un montón. Era el redactor jefe del Heraldo y el hombre que mejor representaba en el periódico esa evolución del oficio, inseparable de la propia evolución de la ciencia. Lo había expuesto él mismo aquel año, con sencilla precisión, en la revista Estampa: «Contar y andar es la función del periodista». Nada más y nada menos. Sólo que él, ahora, en vez de andar se proponía volar. Y contarlo, claro.
El periódico daba la noticia el 19 de julio de 1928 en portada. Los titulares resultan muy explícitos: «Dieciséis mil kilómetros de vuelo para Heraldo de Madrid», reza el antetítulo. Y el título: «Nuestro redactor jefe, señor Chaves Nogales, dará la vuelta a Europa en avión». Junto a los elementos de la titulación, dos fotos —recurso todavía escaso en aquellos tiempos—. Una del avión de la compañía Iberia en el aeródromo, y otra de Chaves Nogales, delante de la cabina del aparato. Pero acaso lo más significativo sea el texto en el que se sostiene la noticia. Su arranque, sobre todo:
La Prensa debe aprovechar cuantas facilidades informativas le proporcionan los adelantos modernos. El periódico actual no puede tener la fisonomía sedentaria de las hojas que leían nuestros padres. Las distancias han quedado virtualmente destruidas con la navegación aérea. ¿Por qué no utilizar este medio de locomoción, que tan bien se acomoda al dinamismo característico de la Prensa moderna? Nuestro compañero Chaves Nogales, que acaba de ser agraciado con el Premio Cavia, tan periodista, tan dinámico, tan poseído de tan vivas inquietudes, no podía menos de sentir esta obsesión tan nueva de salvar distancias y, en efecto, ha emprendido el primer gran reportaje español de este tipo y uno de los primeros del mundo.
De todo lo anterior se desprende algo fundamental y es la función mediadora del periódico. El periódico, como muy bien indica el antetítulo de la noticia, es el que va a recorrer, a través de su redactor jefe, dieciséis mil kilómetros en avión. Lo que significa que va a contar esos kilómetros. O sea, que va a contarlos y a relatarlos. Y lo que significa, claro, que sus lectores, mediante las crónicas de Chaves que el Heraldo empezará a publicar al cabo de unos días, van a vivir también esa experiencia. Que van a viajar, vaya. Salvando, también ellos, las distancias.
Por si no bastaba con esa portada, al día siguiente, también en primera plana, el Heraldo vuelve a la carga. Y convierte el asunto en noticia de apertura. Pero esta vez lo importante ya no es la foto, sino el mapa. Mejor dicho, el montaje, con ese mapa de Europa lleno de flechas —tantas como etapas tiene el viaje— y ese impresionante perfil de Chaves recortado encima, con un pie en Persia y otro en el Mar Negro. Lo cierto es que nunca el poder del periodismo había estado tan bien representado.
Pero todo ese proceso; todo ese desarrollo paralelo entre el periodismo, por un lado, y la ciencia y la tecnología, por otro; toda esa invitación constante al lector a dejarse llevar por las páginas del diario, a viajar por el mundo, en una palabra, empiezan a entrar en crisis con la llegada de la televisión. De entrada, porque el nuevo competidor, gracias a la imagen, es muchísimo más peligroso de lo que había sido hasta entonces la radio. Pero, sobre todo, porque esa imagen penetra también en el periódico, modifica sus pautas, limita singularmente la capacidad de mediación de la noticia, y su capacidad, también, de vocación. Añadan a lo anterior que el viaje —el viaje real— ya no es una quimera para muchos, que el mundo, gracias a los progresos de la navegación aérea, está ya a la vuelta de la esquina, y entenderán por qué las noticias del periódico empiezan a dejar de ser lo que siempre habían sido. Por eso les decía al principio que, con la irrupción de la televisión, empieza a desaparecer la noticia clásica.
Ahora bien, ese proceso que se inicia con la llegada de la televisión podía haber quedado en nada de no haber aparecido luego la informática y, en último término, internet. Pero aparecieron. Y el caso es que nos encontramos de lleno en la era de la inmediatez, sin casi distancias que salvar, o lo que es lo mismo, sin mediación a la que agarrarnos. ¿El futuro? Ignoro cuál será, aunque dudo mucho que, llegados a este punto, la ciencia pueda depararnos algo más inmediato que lo que ya tenemos. De ahí que estemos un poco como estaba Julio Camba hace cerca de un siglo. Es decir, perplejos. Camba, que por entonces —1917— ejercía como corresponsal de ABC en Nueva York, observaba la evolución del periodismo americano. Y, en concreto, de los periódicos populares, los de Hearst y compañía, también llamados sensacionalistas. Y uno de los aspectos que más le sorprendía era la obsesión de estos periódicos por ir sacando ediciones lo antes posible. O sea, la obsesión por la rapidez, por la anticipación. Y Camba razonaba así:
¿Y la rapidez? Probablemente hubo una época en la que el público de Nueva York estimaba mucho poder comprar a las cinco y cuarto o las cinco y media, en cualquier parte de la ciudad, el periódico de las cinco. Vino la competencia, y hoy los periódicos de las cinco se compran a las tres; los de las seis, a las cuatro, y los de la mañana se adquieren antes de acostarse, a eso de las once de la noche.
¿Adónde va por semejantes caminos el periodismo americano? Así como en otras partes los periódicos pueden progresar indefinidamente, aquí no. Las noticias del día nunca se podrán adelantar en más de veinticuatro horas. El tamaño de los titulares nunca podrá exceder de una cuarta. Y cuando un periódico haya alcanzado estos límites, tendrá forzosamente que paralizarse.
Pues yo creo, francamente, que ese día ha llegado. Hemos alcanzado esos límites a los que aludía Camba y algunos más. Aunque también es verdad que no todas las parálisis son, hoy en día, inexorables. Gracias también a la ciencia, por supuesto.
[Arcadi Espada]
Yo quería plantear una cuestión que atañe, curiosamente, a los ejes de los dos discursos, tan distintos, pero en ese sentido tan coincidentes. Xavier Pericay, con mi asentimiento, sitúa ese punto de inflexión en la noticia con la aparición de la televisión. Estoy completamente de acuerdo con todo lo que ha dicho. Por otra parte, José Pardina habla de la frenética irrupción del algoritmo en el discurso de las noticias. Lo que me planteaba escuchándoles es lo siguiente.
En el caso de la televisión y el punto de inflexión de la noticia, es verdad que lo que se produce en aquel momento es esa modificación del tiempo, de la instantaneidad y la desaparición de la retrospectiva —la electricidad— y todas esas cosas que tan bien ha descrito. Pero la diferencia, a mi juicio esencial, que hay entre ese momento televisivo y el momento digital es que en el momento televisivo la inteligencia todavía es humana, es decir se trata de una inteligencia que organiza de un modo prácticamente tradicional el mensaje informativo. Y eso, además, de un modo mecánico.
Como tú sabes muy bien, Xavier, el guión de la televisión y de la radio lo construyen, aún hoy, los periódicos. Es verdad que cada vez con carecen más del rígido guión de las líneas informativas del periódico, pero de alguna manera el periódico sigue dando ese guión del mundo que a mí me parece lo que caracteriza el periodismo. Decía José que el periodismo es la narración de noticias veraces. Ahí, yo tengo siempre una matización que hacer. Yo creo que el periodismo no es solo eso. Noticias veraces se pueden dar en los libros y en otros formatos. El periodismo, y el periódico, tienen algo más que ver con la asociación de las noticias veraces, con esa jerarquía y suave pero muy depurada inteligencia que después de doscientos años ha dado como resultado el hecho de que algo vaya a tres columnas, o a dos columnas, con foto por arriba, con un filete o sin un filete… Todo eso que alegremente los geeks desprecian, naturalmente, en perfecto uso de su ignorancia.
Esa inteligencia del algoritmo que evidentemente despunta a partir no solo de las granjas de contenidos, sino de los puros agregadores de noticias —Google News, el más famoso—, supone evidentemente un cambio de paradigma. Lo que pasa es que ese cambio de paradigma está al mismo tiempo vinculado al futuro que todavía es futuro de la propia inteligencia artificial. Yo no dudo que la inteligencia artificial acabará haciendo periódicos. Pero igual que creo que eso sucederá, creo que eso no sucede todavía.
Esa inteligencia humana que construye los doscientos años de periodismo moderno no está sustituida por otra cosa que la pura adición sin ninguna relación capilar entre todas las informaciones que un agregador puede traer. Naturalmente que es muy importante el algoritmo. Es muy importante, en términos civilizatorios, lo que Google, por ejemplo, está haciendo con la traducción automática, que es una muestra también de inteligencia artificial por la pura fuerza de la adición de texto. Pero sería muy arriesgado suponer que en la traducción automática de Google hay inteligencia artificial desarrollada plenamente hasta el punto de sustituir a un traductor humano. No puede hacerlo por razones de desarrollo técnico, no ontológicas. Por lo tanto, en cuanto a Xavier, esa matización de que la diferencia importante entre la televisión y el medio digital es que lo que se empieza a proponer ahora es el nacimiento de una nueva inteligencia no humana que rompe con la inteligencia del periodismo. Y para José, la evidencia de que eso va ligado a un avance técnico todavía lejano.
[José Pardina]
La televisión no solamente tiene otra forma de contar noticias, sino también como un periódico organiza la realidad. No es lo mismo un informativo de Intereconomía que uno de TV3 o la CNN. Detrás de ellos también hay una voluntad determinada, no solo en la inmediatez y el directo, sino también en la línea ideológica de la casa. No es lo mismo un noticiario de la Fox que de la CNN. No solo es una cuestión tecnológica, sino también de línea editorial.
[Xavier Pericay]
Totalmente de acuerdo. Creo que hay una cosa fundamental, que es el estar allí, esa presencia del reportero en el lugar de los hechos. Eso es lo que hoy sigue siendo el principal problema del periodismo digital, que necesita ir cumpliendo este requisito, narrar lo que acontece en distintas partes del mundo. Yo no sé hasta qué punto, con la inteligencia artificial, vamos a poder prescindir también de esto. Habrá siempre la posibilidad, seguramente, de construir un periódico o algo que se parezca a un periódico. Pero siempre, a menos que encontremos un sistema que yo no alcanzo a imaginar, tendrá que darse este supuesto: que alguien esté allí contando lo que ocurre. Me resulta muy difícil imaginar cómo puede funcionar esto de otro modo.
Por otra parte hay una necesidad ligada a esta que es, hoy en día, uno de los grandes problemas que tiene el periodismo digital, que es la sobrecarga, el diluvio, que está también presente y que es uno de los problemas con que nos encontramos todos cuando navegamos por la red y buscamos cosas. Siempre está esa doble cara: lo bueno y también lo malo que tiene eso. Antes decías, Arcadi, que el periódico sigue marcando la pauta de las televisiones. Pero yo creo que también la televisión marca la pauta de los periódicos. Aquí hay, desde hace ya muchos años, una determinada interrelación que hace que los dos estén de algún modo influyéndose mutuamente. Pero para mí, lo fundamental es cómo efectivamente podemos resolver o encajar en el periodismo futuro esa necesidad de que haya alguien en un sitio determinado para contarlo.
[José Pardina]
Antes comentabas lo del crackeo de datos y los robots y el algoritmo de búsqueda. A mí no me preocupa. Coincido contigo en que el estadio de desarrollo o sofisticación de los sistemas de inteligencia artificial es tosco. Yo he traído el tema de las granjas de contenido como una provocación hacia todos nosotros, hacia el hecho de que los desarrollos tecnológicos intervienen e interfieren con la calidad de la narración periodística. Yo estoy seguro de que la búsqueda se va a refinar hasta el punto de que podremos distinguir perfectamente qué es una granja de contenidos de qué es un artefacto periodístico con una línea editorial, una manera de contar —lo que antes se llamaba una marca—. Tendemos a creer en marcas periodísticas y detrás de las marcas hay personas, equipos, redacciones, proyectos empresariales o ideológicos, que son los que generan nuestra confianza en esta organización del mundo que es un periódico. Pero lo que me interesa señalar es no solo el recelo sino el desprecio de muchos periodistas hacia todo este tipo de avance tecnoeléctrico que está modificando nuestro oficio. A eso me refería.
[Arcadi Espada]
Sí, pero eso ya lo doy por supuesto. En eso estamos absolutamente de acuerdo. La indigencia tecnológica es algo lamentable. Pero siguiendo con ese aspecto del algoritmo y de la tosquedad, es que estamos hablando de un negocio que mueve miles de millones diarios de dólares en el mundo, de miles y miles de puestos de trabajo respecto al algoritmo, no a la utilización de Twitter o de blogs, o del telégrafo.
A mí lo que me asusta de este derrumbe —porque no siempre el hombre elige los buenos caminos de la historia— es que se está produciendo una paradoja asombrosa. A mí me parece muy bien que haya impugnaciones del periódico; yo llevo muchos años impugnándolo. Pero lo que no puede ser es impugnar la jerarquización y la selección y el orden del mundo que un periódico trae, por uno donde la jerarquía la trae un agregador de noticias. Y hablo de un agregador, no ya de esta especie de granjas semiorwellianas a las cuales tú te referías. Aquí hay una evidencia en cuanto a modelos de negocio, pero también en cuanto a modelos intelectuales que es muy paradójica y muy sangrante.
Respecto a los periódicos convencionales, es evidente que el papel tradicional jerarquizado, seleccionado, sin posibilidades de hipertexto, esperando doce horas desde que se imprime hasta que se distribuye —esa barbaridad—, todo eso, es lo que está manteniendo económicamente ese modelo digital. Eso pasa económicamente, pero también intelectualmente. La producción de contenidos del noventa por cien de las webs que se dedican a todos esos asuntos de agregar, cortar y pegar, están producidos por periodistas profesionales en lo que respecta a la información, no al comentario, que ese es otro tema.
[José Pardina]
Estoy de acuerdo contigo, pero lo único que me produce es cierta desazón y la necesidad de estar al tanto de estos cambios que se están produciendo. Paralelamente se detectan, gracias a las herramientas digitales, resurgimientos de lo que se llama periodismo de gran formato, de textos largos, de lectura de buenos artículos, y todo esto está propiciado por estas mismas herramientas de búsqueda.
[Xavier Pericay]
Supongo que también es una cuestión de tiempo. Es decir, así como el periódico de papel ha ido coexistiendo con la radio y la televisión, todo indica que va a desaparecer, si desaparece realmente, o se convierte en una reliquia. Y lo digo más que nada porque cuando uno analiza y ve las tendencias entre la gente joven y el uso del periódico, puede llegar fácilmente a que tarde o temprano, será así. Lo que es evidente es que el mismo que está haciendo el periódico de papel tendrá que hacer el periódico digital. Si no lo hace el periódico digital, y vive del periódico de papel, seguramente es porque sigue existiendo el periódico de papel. Cuando no exista el periodismo, que parece claramente una necesidad que sigue existiendo, tendrá que traspasarse a un formato digital. Yo me he acordado, inevitablemente, de lo que fue Factual como proyecto. Factual fue un periódico digital que fundó y dirigió Arcadi, para quien no conozca el producto, que durante dos meses hizo una propuesta que quería incorporar ese doble plano, porque había una suerte de periódico en un formato digital en el que había una jerarquización, y algo muy importante que es el periodo.
[José Pardina]
Un punto de vista, una lectura horizontal y vertical. Factual fue un pionero, similar a lo que se está intentando ahora con las plataformas cerradas, con Orbyt. He hablado antes de que uno de los grandes cambios es la búsqueda de modelo. En Factual falló, no el periodismo, sino una estructura de empresa anticuada.
[Xavier Pericay]
O el empresario, en fin: falló el dinero. No falló el proyecto. Lo que quiero decir con esto es que hay fórmulas que permiten quizá adivinar hacia dónde vamos a ir, y esta es una de las fórmulas.
[Arcadi Espada]
Tienes mucha razón al hablar de esa indigencia tecnológica por parte de muchos periodistas de nuestra edad o incluso más jóvenes. A mí me conmueve Chaves Nogales. Chaves es para mí algo más que un modelo de periodista, es casi un modelo humano. A mí, la alegría y el optimismo por la modernidad de Chaves Nogales, como el de Corpus también, en cierta manera, me conmueven. Porque creo que, efectivamente, el periodismo es inexplicable sin la curiosidad y sin aquello que se llama estar al día.
Entiendo muy bien al director del Guardian cuando la semana pasada en una entrevista se declaraba un enfermo tecnológico. Lo entiendo muy bien, porque yo encuentro ahí mi propia coartada. A veces me pregunto con precaución si no me estaré volviendo loco por los delirios. Entonces, ver a alguien tan importante como Alan Rusbridger, el director del Guardian, que tiene tu misma enfermedad es una cosa que consuela. Pero es que esa enfermedad también la tenía Chaves. La tenían todos los grandes periodistas. La tiene el propio Gaziel, incluso, en su clasicismo tan ilustre cuando clasifica la telegrafía sin hilos en ese maravilloso artículo.
Un periodista que queda anclado en el rechazo, no ya a Twitter, sino al rechazo simple y puramente a la máquina, no es un periodista. Se trata de otra cosa. Un periodista tiene que morir con el último ingenio en la boca, porque de alguna manera, contar el mundo es inseparable de las herramientas de representación que ese mundo te permita. Por lo tanto yo estoy completamente de acuerdo. Me parece indigente la actitud de algunos colegas respecto a ello. Y no tiene que ver tan siquiera con la propia tradición del periodismo. Cuando Xavier nos muestra el cromito del ABC, y ABC en el lugar sacrosanto de la mancheta pone «Por correo, por telégrafo, etc.» es que está haciendo periodismo, modernidad, tecnología. Todo eso es nuestro mundo, lo ha sido siempre. Cómo es posible que hoy un periodista se haga el Josetxu el Vasco, rechazándolo completamente. Eso no puede ser.
[Xavier Pericay]
Efectivamente es así, el periodismo evoluciona en paralelo a la ciencia y la tecnología, y ese crecimiento es directamente proporcional, y seguimos estando ahí, en este punto de confluencia y de expansión.
[José Pardina]
Yo, tengo que confesar, estoy aprendiendo a usar Twitter, el famoso trino de 140 caracteres. Fui muy escéptico al principio, a pesar de que me interesan todos estos desarrollos de herramienta profesional. Y estoy aprendiendo porque estoy viendo cómo lo usan muchos de mis colegas y algunos de mis contactos. Y realmente creo que es una herramienta fundamental en el periodismo de hoy, en cualquier tipo de periodismo, trabajes en el soporte que trabajes, para lo que son actualizaciones de noticias de última hora, pero por encima de todo, para compartir con colegas de profesión. No estoy hablando de decir «en este momento preparo un arroz a banda» o «me voy al cine con mi santa». No, para compartir enlaces por un lado, y por otro para las noticias de última hora.
Por no hablar de la disciplina que acaso, ya como herramienta de marketing, utilizamos en medios clásicos para en 140 caracteres provocar interés en nuestro núcleo de lectores por nuestras informaciones. Escribir en 140 caracteres es una buena disciplina para cualquier periodista que haya estudiado, o que haya aprendido a titular según normas de maquetación clásica o incluso pautar tiempos en contenidos audiovisuales. Yo empecé siendo muy escéptico con Twitter, estoy siendo un novato, estoy aprendiendo, me estoy equivocando, pero creo que es la herramienta más útil, para mí, que ha surgido en el último año en mi oficio de periodista. No sé cómo lo veis vosotros.
[Arcadi Espada]
No sé qué decirte todavía. No puedo contestarte. Por ejemplo, a mí hay algo que me molesta mucho de Twitter —Tumblr es muy superior— respecto a las posibilidades de introducir vídeo, audio y foto, y esa especie de rigidez de Twitter me molesta. Pero estamos en ello, estamos en lo mismo.
Una cosa que me interesa, Xavier, respecto a lo de que hay alguien siempre que cuenta las cosas. Por supuesto de acuerdo, porque es de sentido común. A pesar de que, yo insisto, el periodismo es sobre todo el periódico, esa asociación entre mucha gente que cuenta las cosas. Esa inteligencia, para mí, es el dato. Esto lo decía ayer José Miguel Larraya, cuando en su ponencia no entendía el periodista como cavalier seul, en el sentido de que el bloguero, efectivamente puede estar en el sitio de las cosas y contarlo, pero no es suficiente. Ahí nos entendemos y estamos de acuerdo.
Pero de todos modos, sobre el contar las cosas, no sé hasta qué punto la tecnología también nos va a traer sorpresas. El otro día me hizo mucha gracia una cosa a la que le doy vueltas, en los insomnios. Una frase de Iniesta, que marcó un gol importante para la vida española, cuando marcó la victoria contra Holanda. Decía en una entrevista: «He visto muchas veces ese gol. No es mi gol». Lo entiendo perfectamente, porque Iniesta tiene sobre ese gol la visión de lo que en cine se entiende como cámara subjetiva. Él ve ese gol porque lo hace; evidentemente no hay ninguna fotografía ni ningún vídeo ni ninguna narración que se ponga en la piel de Iniesta porque eso sería ridículo, que explique ese gol en cámara subjetiva, como ya prueba eso que me parece que hacen en Fórmula 1, que ponen la cámara ahí. No entiendo todavía muy bien por qué los futbolistas no llevan en la frente un chip obvio, para que el que hace la edición y el menáge à veinte o treinta cámaras pueda incorporar la visión subjetiva del futbolista. Y te dirías: si los veintidós jugadores de un partido de fútbol llevan la cámara subjetiva, si además hay unos robots que están dándonos cuentas de las veinte visiones, y las veinte cámaras, y una que me gusta a mí, la que corre la banda en un travelling, y te llega todo eso a ti, periodista… Hombre, estar en el lugar de los hechos no digo que se sustituya, pero como mínimo tiembla.
[Xavier Pericay]
Me parece que efectivamente se puede llegar muy cerca de esta situación. Lo que no sé es si realmente puede llegar a sustituirla, pero es verdad que la tecnología puede, desde ese punto de vista, acercarnos muchísimo a esto. Pero hay una percepción puramente física de situación, de poner los pies allí donde hay que ponerlos.
[José Pardina]
La vivencia subjetiva que a Arcadi le produce tanto sarpullido porque a veces se confunde con la literatura y contamina al periodismo… Pero la vivencia subjetiva de una firma y no otra firma ante un acontecimiento solo puede darla la presencia en el lugar de los hechos. ¿No crees?










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